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Diversidad y reconocimiento

En Chile poco a poco diversos grupos cuya identidad se reconoce en pueblos originarios reivindican para sí un lugar propio en el Estado

Por Carlos Peña
Que Pasa, 27 de Febrero de 2004



 
Es notable la magnífica diversidad cultural y étnica que los países son hoy día capaces de exhibir. De acuerdo a estimaciones recientes, 184 países independientes del globo poseen sobre 600 grupos lingüísticos y, en su conjunto, más de 5 mil grupos étnicos. Sin ir demasiado lejos, en los países de Latinoamérica existen 82 grupos lingüísticos. La lengua materna, ese artefacto simbólico mediante el que construimos nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo, nuestros recuerdos y biografía más íntima, ha mantenido, contra todos los pronósticos evolucionistas, una radical heterogeneidad. Como resultado de ello, son raros los países del mundo en los que los ciudadanos hablan una sola y misma lengua, reconocen su origen en un mismo grupo étnico y poseen prácticas culturales uniformes. La profecía que se puede leer en Heródoto -incluso los vencidos tienen costumbres porfiadas- se ha revelado, a estas alturas, correcta.

La globalización no es, por supuesto, la única causa de este fenómeno, pero no cabe duda que la lenta delicuescencia de las fronteras, la expansión del mercado y del consumo y la técnica que comienza a esparcirse por el mundo, en vez de contribuir a la homogeneidad, parecen estimular un renacer de las identidades y las pertenencias colectivas que, hasta hace poco, parecían ahogadas por la ficción del estado nacional. La etnicidad revela hoy día un particular vigor en la política, como lo muestra el caso de Chiapas y la desintegración de la URSS, o la limpieza étnica llevada a cabo por los serbios en Bosnia, recién en 1994. Por supuesto, la irrupción de la etnicicidad en la política no es, como a veces suele creerse, un asunto reciente de la periferia, de la pobreza o de la excentricidad latinoamericana. Muchos estados europeos la asumieron de manera consciente, como ocurre con la civilizada Suiza, la tranquila Bélgica, Canadá o España. Otros están empeñados en ese proceso, como ocurre en la republicana Francia con Córcega o en las emergentes: Nueva Zelandia, con los maoríes, o Australia.

En el caso de nuestro país, el fenómeno posee un ritmo y una intensidad creciente desde la recuperación de la democracia en 1989. Poco a poco, diversos grupos cuya identidad se reconoce en pueblos originarios -es decir, pueblos conquistados por Europa y luego asimilados por el estado nacional del siglo XIX- reivindican para sí un lugar propio en el Estado, comienzan a recuperar su lengua y sus costumbres, solicitan se reconozcan sus peculiaridades y el derecho a reproducirlas, se proteja su identidad y se les permita irrumpir en la escena pública. Esos grupos -mapuches, aimaras, atacameños, rapa nuis- sienten que su identidad ha sido ahogada por la ficción del estado nacional y que sus recursos les han sido arrebatados por una sociedad mayor que los ensalza en los manuales de historia y en los discursos patrióticos, pero que en el espacio de lo público los trata como si fueran salvajes, simples excrecencias de un tiempo que, por la irrupción del mercado, se estaría ahora extinguiendo.

Las minorías -como lo muestra la experiencia de los estados conscientemente pluriétnicos, que citaba yo al comienzo- no quieren ni ser invisibles, ni, tampoco, estar solas. En vez de todo eso quieren comparecer en el espacio de lo público provistas de su identidad y de su cultura. En una palabra, quieren ser reconocidas, comparecer con toda su identidad sin verse condenadas a mantener esa identidad en secreto, como si fuera un rasgo vergonzoso.

No es fácil, por supuesto, satisfacer esos deseos de reconocimiento en un estado constitucional. Todavía pensamos -al menos en nuestro país- que el estado constitucional es indisoluble de una extendida y homogénea conciencia nacional y, por lo mismo, nos sentimos tentados a calificar las demandas indígenas de insensatas o de meros arcaísmos producto de la pobreza o la exclusión. Nos gusta pensar, por eso, que quizá el problema indígena sea un asunto de puro bienestar y que cuando el mercado se expanda y los grupos hasta ahora marginados se integren a la expansión del consumo y a la rutina de los malls, estas demandas parecerán, simplemente, un mal sueño. Con todo, la experiencia muestra que las identidades colectivas, en vez de ser apagadas por la expansión del consumo, tienden a inflamarse. Y no es un fenómeno que atinja sólo a las minorías indígenas. La delicuescencia del estado nacional y la mundialización de la técnica y del mercado obligan incluso a quienes hasta hace poco formaban parte de las elites dominantes, a inventarse una identidad que los ayude a soportar el tráfago de la modernización. Sólo que esa identidad no reviste la forma de un pasado indígena, sino de un presente religioso.

El surgimiento del fundamentalismo religioso que en nuestro país es hoy día posible observar -donde las elites intentan hacer su vida al compás de sus creencias, resistiendo el ideal republicano de ciudadanía- es un fenómeno análogo al indígena y, con toda seguridad, planteará hacia el futuro similares problemas de reconocimiento. Lo que ocurre es que hoy día todos somos minorías -desde el pobre indígena del sur, al empresario urbano del Opus dei- porque todos, en alguna medida, queremos contar con una identidad que nos distinga, una identidad que le confiera sentido a nuestras vidas, sobre la base de la cual podamos educar a nuestros hijos y que, por sobre todo, nos evite esa incómoda sensación de que, a fin de cuentas, no existimos.