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Edición 534

EL TLC NO ERA TAN BONITO

Un país sorprendido asiste al aluvión de críticas contra el Tratado de Libre Comercio (TLC) que el gobierno de Chile negocia con Estados Unidos. La desinformación sobre este tema vital para el interés nacional es evidente. Resulta bochornoso para el elemental derecho democrático que asiste a los ciudadanos a participar en un debate amplio e informado sobre esta materia. Lo mismo -y en mayor medida- ocurre con ese súper tratado comercial que es el Area de Libre Comercio de las Américas (Alca) que Estados Unidos pretende imponer en el continente a partir de enero del 2005.
El secreto que cubre estas negociaciones constituye el mejor aliado para el plan de dominación que lleva adelante el gobierno de Washington. En el caso de Chile, hasta ahora el gobierno había logrado tender una cortina de humo sobre la naturaleza de esos tratados. En esencia buscan anexionar las economías latinoamericanas a Estados Unidos para asegurar al imperio el control de los recursos naturales del continente y un mercado de 600 millones de consumidores. El TLC -que es sólo el primer paso hacia el Alca- se inscribe en la globalización neoliberal y es uno de los instrumentos de dominación comercial, financiera, militar, política y cultural que implementa Estados Unidos. Por lo tanto debe ser visto como una nueva amenaza colonialista e imperialista a la soberanía e independencia de nuestros países.
En lo que respecta a las negociaciones del TLC, las críticas que han alertado al país surgen de los sectores empresariales afectados y de políticos asociados a esos intereses. En efecto, ellos han obligado al gobierno a comprometerse a no suscribir el TLC si éste no asegura un resguardo para los factores productivos que se verán amagados. Las reservas más duras provienen de sectores agrícolas y agroindustriales. Los productores de leche, por ejemplo, que aspiran a colocar en el mercado norteamericano 15 mil toneladas anuales de quesos, 7 mil toneladas de leche condensada y 5 mil toneladas de mantequilla, han calificado de “oferta vergonzosa” el planteo norteamericano de admitir sólo mil litros de leche líquida anuales. Otras “ofertas” consisten en liberar de derechos a 100 kilos de maní y 100 fardos de algodón. En rubros agroindustriales como la pasta de tomate, conservas, jugos y pasas, la desgravación de impuestos no constituye ninguna oferta mejor de lo ya existente. En el rubro de las frutas las objeciones de los productores chilenos se orientan a las salvaguardias, la ley antidumping y las leyes laborales y ambientales. Lo mismo ocurre con los productores de carnes blancas y otros productos.
Si bien es positivo que finalmente hayan aflorado las críticas al TLC, hay que admitir que el proceso de toma de conciencia sobre sus peligros llega con mucho retraso. Los partidos políticos habían guardado hasta ahora hermético silencio aunque conocían los nocivos efectos en México y Canadá del tratado de libre comercio para América del Norte que comenzó a operar en 1994. Chile aparece muy a la zaga en el movimiento continental contra el Alca. El presidente venezolano Hugo Chávez ha manifestado que sólo un plebiscito podría permitir que su país ingresara al Alca. El presidente electo de Ecuador, Lucio Gutiérrez, ha formulado duras críticas y reservas. Lo mismo Lula, presidente electo de Brasil -la economía mayor de América Latina-. Incluso el actual presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, manifestó hace unos días a una asamblea parlamentaria continental que el Alca se debe discutir en los parlamentos y también más allá: “En ese debate, en esa reflexión -ha dicho Cardoso- debe participar toda la sociedad: los sindicatos, la prensa, los trabajadores, los empresarios”.
En el caso de Chile, los sectores populares y organizaciones sociales deben levantar su voz, exigir conocer y debatir el TLC y el Alca, reclamar un debate en el Parlamento y que el tema se dilucide mediante un plebiscito. Corresponde también a los trabajadores exigir a la CUT una posición de rechazo al Alca y al TLC. Resulta incomprensible que la CUT sea prácticamente la única central obrera del continente que mantiene una posición ambigua frente a materias que comprometen el desarrollo nacional y las condiciones de vida de los chilenos