LA NACION LINE | 14.01.01  | Revista

TERRITORIOS
El lejano oeste de acá cerca

Duro con la gente, avaro en agua y pródigo en vientos, el occidente pampeano es un sitio donde la ilusión duró poco

Debido a la tala del caldén, los médanos avanzan peligrosamente sobre casas y caminos 
En el imaginario de los pampeanos, la región próxima a la extensa cuenca de los ríos Desaguadero-Salado-Chadileuvú-Curacó se ganó numerosos apelativos. La "travesía", dicen unos. El "lejano Oeste", otros. Una buena parte recurre secamente a "desierto", geográfico, humano, productivo. De una forma u otra todos coincidirán en un aspecto: que la ilusión en el oeste pampeano ha durado poco.

Es que el territorio en cuestión constituyó una tardía anexión al mapa jamás terminada de asimilar. Puelches, Santa Isabel, La Reforma, Chacharramendi, Algarrobo del Aguila, Arbol Solo, Colonia Emilio Mitre, son pueblos o parajes que orillan los 100 años, fundados entre 1895 y 1910, luego de que los despachos favorables de la Campaña del Desierto allanaran las vías de colonización. La comarca entonces creció, recibió colonos, se desarrolló, creó ilusión (y unas pródigas pulperías atendidas por españoles), pero llegó un día, un año, un lustro, un tiempo al fin, en que la gente comenzó a irse, a despoblar.

Pero como nada ocurrió de la noche a la mañana, ni la misma suerte corrieron todos los poblados de la "travesía" (así le decían al oeste pampeano, el que a pesar de estar mensurado carecía de alambrados, y además porque era un verdadero desafío cruzarlo), existen comunidades que todavía le hacen frente a la adversidad.

Sin agua potable excepto por la que cae del cielo o llega por los acueductos desde Puelén o Agua de Torres; sin rutas asfaltadas excepto por las que vinculan Santa Rosa con Santa Isabel o General Acha con Colonia 25 de Mayo; sin medios de comunicación locales en muchos pueblos excepto por la amplitud modulada que llega desde la capital provincial, desde General Roca (Río Negro) o desde General Alvear (Mendoza); sin emprendimientos productivos excepto por las contadas salinas o las exiguas estancias. Reina la economía de subsistencia. "¿Van de paso?" "¿Al Sur?" "¿Qué los trae por aquí?" Son las preguntas frecuentes que oirá cualquier viajero en el oeste pampeano. Es que nadie va para quedarse. Según geógrafos y antropólogos la zona es expulsora de población. Tampoco ninguna guía de viajes da cuenta de la región descontando el Parque Nacional Lihué Calel con su cerro Sociedad Científica Argentina y su Valle de las Pinturas-oasis-guarida de caciques antes de su huida para la cordillera, o la reciclada pulpería de Chacharramendi, un blanco predilecto, pero nunca alcanzado para Juan Bautista Bairoletto, una leyenda viva de la región.

Si alguien en el oeste pampeano no trató directamente con Bairoletto, o lo auxilió prestándole un caballo para que pudiera escapar, ocultándolo, dándole de comer o convidándole agua, al menos conoce a quien sí lo hizo. O se sabe de su existencia y de sus correrías; o bien se ha penado el papel de víctima suya. Es que este personaje, hábil con la pistola incluso "galopando de espaldas", fue protegido por los vecinos gracias a su fama de Robin Hood, a pesar de una orden de captura vigente durante ocho años hasta que fue acorralado por la policía en 1941.

En las rutas interiores de la "travesía", tal vez en la 143 o en la 15 -paralelas al Chadileuvú-Sala-do-, la presencia de gente es mínima. Surgen cuidadores de chivos o, en el mejor de los casos, vacas. De tanto en tanto alteran la monotonía los vacunos marrones, dormitando en el medio de rutas más marrones aún, o los carteles de campo indicadores de puestos como La Miseria. "Así le pusieron en una época en que andaban empiojados", dice don Urquiza, de Paso de los Algarrobos, su morador.

O surgen las antenas telefónicas rojiblancas, que desde mediados de los años 80 anuncian a la distancia un paraje o un pueblo.

Naturalmente, el desierto pampeano en nada se asemeja a la pampa húmeda si bien es su prolongación. Ocupa la diagonal árida, comarca entre las más secas de la Argentina, con precipitaciones entre 300 y 400 milímetros anuales, fuera de la anhelada isoyeta de 500 que sí tiene el Este (línea de lluvias que allí el ferrocarril jamás atravesó).

Los vientos del Pacífico llegan fríos pero muy secos, ya descargados en los Andes, y pasan hacia el Nordeste llevándose del suelo pampeano la escasísima humedad acumulada. Los arenales se alternan con suelos llanos salobres y con dunas móviles de gran tamaño, multiplicadas tras la tala indiscriminada del caldén y el sobrepastoreo. En verano, la temperatura dispara como caldera a 45°, coadyuvando a la propagación de incendios; decae a -15° o -20° en invierno. Una buena parte de los pueblos creció a la vera del arroyo de la Barda (río Atuel) y del río Salado, primero, Chadileuvú-Salado, después, y Curacó al final, distintos nombres norte-sur de una misma cuenca, la más amplia íntegramente en territorio argentino.

Para darse una idea de la magnitud de este colector hay que seguir las líneas que dibuja el río aguas arriba y se verá que todas las nacientes de la cordillera entre los paralelos 28° y 35° de latitud sur (entre La Rioja y el centro-sur de Mendoza) confluyen, en teoría, a este río.

A medida que la velocidad de marcha se reduce al ritmo en que las historias pueden llegar a ser escuchadas y desestimado el viaje como el recorrido más corto entre dos puntos, la degustación del oeste pampeano no se hace esperar. Marimari es el comienzo de las cosas, un buenos días, expresión de saludo entre los ranqueles del centro desértico del país, y cortesía con la que también se presenta Victorino Güentenao, de 73 años, un puestero a la vera del camino entre La Reforma y Limay Mahuida. "Me dijeron que yo podía ser descendiente del cacique Baigorrita -comenta-. En las radios hablan mucho de Calfucurá, el del Sur, así que Baigorrita habrá sido importante también... Yo desgraciadamente no aprendí el idioma indio." De momento Victorino ocupa con su hijo Ramón Luján dos leguas al norte de La Reforma, en Campo 12 o Nahuel de las Pampas ("el cacique Nahuel estaría enterrado aquí"), porque debieron abandonar unas tierras en las que eran ocupantes si bien las trabajaron toda la vida. Viven junto a un tajamar con un agua que "es como salmuera", con 200 chivos que cuidar. La vivienda transitoria que tienen sólo alcanza para el descanso de Victorino; Ramón debe conformarse con dormir dentro de la cabina de su vieja Ford. Estos devotos de Ceferino están solos, sin mujeres. Diariamente, por delante del tajamar de Victorino, pasa una cisterna. Con suerte logran interceptarla; el camión lleva agua desde La Reforma a Limay Mahuida. Cuentan los entendidos (y los necesitados) que cuando el acueducto que traslada agua potable desde Puelén hasta La Reforma y Chacharramendi sufre desper-fectos, éste resulta insuficiente para repartir.

Entonces, si la cuota de agua no llega, el pueblo Limay Mahuida se queda sin clases y sin actividad; decrece, simplemente así, sin ilusión, preservando esas tres cuadras de largo por ninguna de ancho de toda la vida, entre la pulpería de don Fernández y la comisaría. La gente se va, profundizando la despoblación: en 1961 eran casi mil habitantes en todo el departamento Limay Mahuida; eran 836 en 1980, en el último censo no superaban 600 y las proyecciones para el próximo dan cifras similares. Pero andando río arriba es posible toparse con comunidades dispuestas a enfrentar el áspero determinismo del desierto. Rumbo norte, con una sucesión ininteligible de rutas provinciales, calzadas mejoradas, caminos consolidados o picadas, retenidos en la vista simplemente como huellas de arena o tosca flanqueadas de olivillos, alpatacos y jarillas, se llega al paraje Arbol Solo, sin antes ignorar la torre del teléfono a más de una legua.

Arbol Solo es un pueblo que no llega a ser un pueblo. Tiene un conjunto de casas sobre una sola calle -policía, almacén, surtidor, delegado comunal-, calco de centro urbano al que los pobladores apenas se arriman; andan esparcidos por el campo. Ellos habitan y trabajan tierras que La Pampa destinó a los colonos y a "los indios amigos" (según se mencionaba en 1899 en el acta de creación de Colonia Emilio Mitre, hoy fusionada en la práctica con Arbol Solo). Decisiones posteriores determinaron en 625 hectáreas (una legua cuadrada) los títulos de propiedad para los colonos, sabiéndose que la unidad económica de la zona era varias veces mayor que esa superficie. En medio del medanal está la Escuela Hogar N° 48 Arbol Solo. Tres profesores y una directora, Blanca Pellegrino, dan educación, comida y asilo a 40 chicos de ámbitos rurales, entre marzo y noviembre. "Como están tiempo fuera de sus casas, cada equis cantidad de meses llevamos personalmente a los chicos que viven lejos para que estén con sus familias entre seis y 10 días. La mayoría de los padres no puede venir a buscarlos", dice la directora. La presencia de la escuela es vital para el sostén de la comunidad y para crear la ilusión de un no-desierto. Del edificio parten y llegan infinidad de caminos vecinales, todos justificados por el uso funcional de los residentes, sorteando médanos y pronunciadas ondulaciones. Ninguna huella en Arbol Solo está para la liquidación ni responde a diseños planificados en oficinas burocráticas de la ciudad.

Así, de la casa de los Calfuán una huella comunica con la vivienda y la vieja pulpería de Mario Cabal, de ésta parte otra que lo lleva al puesto de Ramón Fuentes, de allí otra que va hasta el centro semiabandonado de Colonia Emilio Mitre, donde subsiste un Registro Civil (la comisaría y la despensa La Española, ya no); de los Calfuán sale una senda que va a la ruta que une la 10 con la 14, con la escuela hogar y con la casa de Baldito Alvarez, delegado municipal y administrador del único surtidor con gasoil en decenas de kilómetros a la redonda, que Asuntos Agrarios instaló como medida auxiliar en este y otros pueblos del Oeste. Una sola persona es, desde 1985, la responsable de la vitalidad de esos caminos. El Vasco Juan Iraola lleva una existencia ambulante entre los medanales desde que Vialidad de la provincia lo asignó a la zona. Tiene una casilla superequipada, con electricidad, agua potable, DirectTV, refrigeración, cocina, alacena y todo lo necesario para tolerar inviernos congelantes, veranos infernales y esos ciclones baguales que arremeten contra su refugio sobre ruedas. Si la labor del momento para Iraola es sencilla, hace con la máquina 10 kilómetros para cada lado de donde esté instalada la casa rodante. Si la tarea es dura, hace sólo una legua por lado. Dice que la máquina la maneja él solo, "salvo necesidad, porque yo no quiero jinetear nada y no quiero que me jineteen nada".

La casilla del Vasco va y viene desde hace 16 años, según donde le toque actuar. Es ya un habitante más de Arbol Solo y entre tanto ir y venir fue eligiendo cinco sitios, en los que plantó álamos, considerados sus paradas efectivas. Su perrita Tití lo acompaña siempre encima del armatoste mecánico y su mujer lo espera en su hogar de metal con la comida lista. "Mis amigas -dice ella- me preguntan qué hago yéndome a vivir a una casilla en medio del paisaje; pero a mí me gusta, soy criada en el campo." Entonces los vecinos hacen la gestión para que el Vasco arme contrafuegos, repare caminos y se atreva a trazar huellas en los médanos. Y éstas, tomen la dirección que tomen, van todas de acuerdo con una vida comunitaria peculiar, solidaria de raíz. Los colonos de Arbol Solo son compadres; comparten problemáticas y disponen de recursos y de técnicas afines para trabajar la tierra.

Esta vez se reúnen para una quema controlada en la legua arrendada por Baldito Alvarez. "Sabemos que esto tiene efectos nocivos para la ecología, pero después, en el verano, el fuego viene igual y peor, sin preguntarte dónde ni cuándo, y va esparciéndose por todas partes en pocos segundos." La decisión está tomada, aunque el viento sea norte, más rotativo e imprevisible que el sur.


Don Gregorio, de Puelches, ve cómo la laguna Urre-Lauquén se convierte cada año en polvo

 
Sobre la caja de la camioneta de Baldito van los hermanos Calfuán, va el policía y algún vecino más. Los Fridel llegan a caballo. "Mañana alguno de ellos va a necesitar que lo ayudemos en su campo." Y cuando el fuego gana el horizonte y supera en resplandor al cálido atardecer, nadie se alarma. Todos los vecinos han sido anoticiados de la quemazón, incluso un joven mestizo llamado Carlos Campú, el cacique de Arbol Solo y el único con ese honor que subsiste entre los nativos pampeanos. Campú es un cacique obstinado y capaz de desorientar a cualquiera con sus argumentos. Se enoja si sus pares no lo presentan a los forasteros como el cacique (lonco, en mapuche), una figura ausente entre los ranqueles (y medio ranqueles) de Arbol Solo y Colonia Emilio Mitre por lo menos en 60 años, o más.

"Yo no había conocido antes ningún cacique", dice la telera Juana, esposa del actual vicecacique Ataliva Canhué, de 63 años. Fue con el voto de todos los vecinos -criollos, mestizos e inmigrantes también- que Campú se proclamó cacique entre "los suyos", si bien lo secundan sin mucha disciplina y pese a que "se irrita con los otros indios que no quieren ser indios", comenta un vecino. El vicecacique es su fiel seguidor, y asimismo una porción significativa de su base de adeptos. Escuchar el idioma mapuche puro actualmente es una rareza. Tal vez se escuchen ciertas frases de los Canhué y algunos aborígenes que se mantuvieron enlazados entre sí, ya que una mayoría se casó con criollos, españoles o gringos. Incluso la principal fiesta religiosa en el calendario araucano, la rogativa o nguillatún -de la misma forma que la elección del nuevo cacique-, se realizó después de casi un siglo que no se practicaba en La Pampa.

Y Campú insiste, "porque el gran temor del blanco es cuando el indio piensa". Insiste, en las contras de la modernidad, como el Quijote y los molinos de viento; insiste en que los ancestros "vivían muchos años, pasando tranquilamente los cien", gracias a su dieta basada en los curamchoique, los huevos de ñandú asados, además de la carne. "Ahora la gente está más refinada, ¡así que nadie venga a decirme que el huevo de avestruz tiene colesterol!" Y Campú insiste, porque algún día será recordado como el último de los caciques, por su bondad, por su obstinación o por el empeño puesto en seguir de cerca, casa tras casa, vecino tras vecino, los pasos de cada visitante que se acerca a Arbol Solo. Será recordado.

Nadie en Arbol Solo es un gran estanciero. La única estancia importante de la zona, la Ventrencó, está más al occidente. La legua de campo es la medida promedio y la cantidad de animales que tiene Ramón Fuentes -colono nieto de un inmigrante turco y excelente cuentista- es claro ejemplo de la capacidad de producción: 170 vacunos y 60 chivos. De la agricultura, hasta el momento ni hablar. "Algún gringo probó con los discos de arado pero nada, el suelo y la humedad no dan", dice un vecino.

De la época de bonanza, de la esquila (según datos oficiales, seis de los departamentos del oeste y sur pampeanos reunían en 1930 casi un millón de cabezas de ovinos) quedan todavía intactas las estructuras de los almacenes de campo o de las pulperías, hoy cerradas.

En un mapa de 1922 exhibido en Casa Chacharramendi (donde aún figura La Pampa como territorio nacional) se destaca con una estrella la disposición de las pulperías del Oeste, útil información para los carros muleros, repartidores y acopiadores de mercaderías y de la producción lanar, y para los mercachifles que comerciaban en campos no alcanzados por el servicio de los almacenes. Sin dudas la pulpería de Arbol Solo, departamento Chalileo, fue una de esas estrellas más destacadas. Se encuentra en una de las alas de la casa de Mario Cabal y todavía conserva todo lo de entonces: viejas latas, registros de contabilidad, afiches publicitarios, almanaques insólitos, valiosas fotos de inmigrantes y revistas de antaño con las caras de Evita o Fangio ilustrando sus portadas. "La pulpería es de 1924. La levantó un asturiano llamado Jesús Alonso Bove y después mi abuelo se hizo cargo. Me gustaría reabrirla."

Como en el resto del Oeste, el agua escasea en Arbol Solo. Los molinos toman agua subterránea principalmente para el ganado, que tolera mayores concentraciones de sal. Los colonos se nutren ante todo del agua de la lluvia, acumulada en aljibes. Muchos techos están preparados para canalizar cada gota que cae, máxime cuando se cumple el dicho de Mario Cabal: "Viento norte, sur oscuro, aguacero seguro." Una solución adoptada en otras latitudes de esta "diagonal árida" que recorta la Argentina en el centro-oeste del país es buscar el recurso en los ríos. Procurarla en el Chadileuvú-Salado es infructuoso, aunque en línea recta no esté más que a 40 km de Arbol Solo. Aquel río está sujeto a un régimen de crecidas primaverales debido al corto deshielo de los Andes, y permanece varios meses seco. Además posee elevada salinidad, tanta que una vecina que vive en la orilla del río, doña Quiroga, debe agregar ceniza para que el agua absorba el jabón de lavar. Igualmente, otras cuestiones marcan la accidentada historia del Chadileuvú-Salado. La cuenca -que alimentara en el pasado los bañados del Atuel a la altura de Algarrobo del Aguila, produciendo benéficos desbordes en los campos y cuyas aguas llegaron tan sólo dos veces en el siglo al río Colorado- tiene su propia historia.

Recuerda Bonifacia Escobar, de 81 años, 14 hijos y 59 bisnietos, y pobladora de Algarrobo del Aguila que "en el 41, por ahí el río se cortó y por casi cuarenta años no bajó una sola gota de agua por el Atuel", junto al Desaguadero, uno de los dos afluentes del Chadileuvú-Salado. Después, de golpe, hubo inundaciones a mediados de los años 80. La construcción de diques aguas arriba y de los oasis de cultivos en estados vecinos privó de agua dulce al oeste pampeano. Sumando a eso los años de sequía, en los que la próspera producción lanar de La Pampa -con dos esquilas anuales- invariablemente decayó; entonces se impusieron los chivos, para la subsistencia. "Hasta hace seis años conservé unas ovejas, pero el león las atacaba", dice Mario Cabal. "Hubo entonces que afrontar necesidades. Hacer un jagüel y trasladar el agua en baldes. Se perdieron capitales, la gente se fue. Antes había mucha gente, una iba a las casas y las familias eran muy numerosas -agrega doña Bonifacia-. Nadie nos avisó, se cortó el agua, se fue." El tema del río es recurrente en el oeste pampeano. Aparece en charlas de parroquia y en tesis universitarias. En reclamos políticos y en las causas de la desilusión. También en canciones, como surge de la letra de una zamba escrita por Domingo López Alacha, un poblador de Puelches, cerca de Lihué Calel y donde el Chadileuvú-Salado pierde fuerza y se diluye en las lagunas La Dulce, Urre-Lauquén (lavquen, laguna en mapuche) y La Amarga.


Sal y desforestación. Los troncos acaso sirvan para levantar un corral de palo a pique

 
"Yo que nací en esta tierra, en esta tierra pampeana/cubierta de salitrales, sampales y chañarales/a orillas de la laguna, la laguna Urre-Lauquén./Yo que nací en esta tierra/en esta tierra sufrida por los vientos y la sequía/esta tierra tan sufrida por los vientos y la sequía./Yo tengo mi rancho, amigazo, frente de una laguna./En el tiempo de mis abuelos jamás el agua faltó/ahí solamente ha quedado, solamente un salitral/En esos días de viento sólo polvo blanco se ve./Usted pregunta, amigazo, por qué me sigo quedando/es que aquí me criaron mis padres, aquí me quedo, sí señor./Yo quiero este pueblo pampeano/que es tan soberano como el mismo sol." Versos soledosos y desolados.

Seco, polvoriento y despoblado. Es el "desierto", la "travesía", el "lejano Oeste", un lugar enigmático como su futuro y áspero como sus historias, las de las tolderías de Epumer, Mariano Rosas o Baigorrita, o las de bandoleros devenidos santos como Bairoletto.

Oeste pampeano; lo que para los viajeros de paso no es más que esa parte del camino, monótona y despoblada, con temperaturas tan infernales en el verano que invitan a acelerar y acelerar sin límites, para los habitantes de Arbol Solo y para los pampeanos occidentales, la ilusión perdida que todavía se puede recuperar.

Texto: Andrés Pérez Moreno
Fotos: Roberto R. Cinti

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