POR QUÉ LOS RAPA NUI SE VAN A TAHITI
La huida pascuense
Marcela Aguilar
16 de Mayo de 2003
 

Sienten que Chile siempre les ha dado la espalda y los isleños, perdidos en medio del océano, no han tenido otra opción que mirar hacia la Polinesia Francesa. Un millar de rapa nui vive en el archipiélago vecino, donde incluso existe un barrio de pascuenses. Y aunque resienten la pérdida de su cultura que conlleva vivir en Tahiti y sueñan con Pascua, saben que volver significa retornar a la incertidumbre. ¿Qué pasa si se enferman? ¿Dónde encontrarán trabajo? Es bonito ser de Pascua, lo difícil es ser de Chile.

Texto: Marcela Aguilar
Fotos: Juan Eduardo López

"Cuando era chico y estudiaba en Chile, me imaginaba Tahiti como en las películas, con muchas playas y cocoteros. No hallaba la hora de venirme", cuenta Moisés Hereveri, un pascuense que consiguió instalarse en su isla soñada. Aunque la realidad sea algo diferente. 

Moisés vive en Papeete, la principal ciudad de la Polinesia Francesa, que tiene más pavimento que playa, y un puerto plagado de buques mercantes que poco dejan ver el mar. La casa de Moisés está en el cerro detrás del moderno aeropuerto de Faa. Es el cartier (barrio) rapa nui, habitado sólo por pascuenses. Una larga calle lleva hasta este puñado de construcciones modestas y de patios estrechos, donde los arbustos y las flores ­en especial el blanco tiare de Tahiti­ brotan como maleza perfumada. Moisés se ríe cuando ve a una gallina encaramada en un árbol, junto a su casa. "No sé cómo lo hacen, pero aquí aprenden a aletear", explica, sin intentar bajarla. Una sobrina llega a saludar. No hay rejas que dividan, ni alarmas que ululen, ni perros guardianes: todos se visitan con naturalidad, como lo hacían en Pascua. A ratos se olvidan de que están en una isla más grande. 

El barrio queda despoblado durante el día, cuando los adultos bajan a la ciudad, a trabajar, y los niños van a la escuela pública, la única construcción de dos pisos en medio del barrio. En la noche los más jóvenes se sientan afuera de sus casas, a compartir cervezas y cigarros, y escuchar música. Aquí se oye de todo, desde Linkin' Park hasta Ben Paoa, un cantautor rapa nui que graba discos en Estados Unidos. 

En el cartier rapa nui, como en todo Papeete, hay un calor húmedo y pegajoso, que escurre por los muros y alimenta la vegetación que crece entre las grietas. Pero Moisés y su hermana Judith, vestidos con shorts y poleras, ya ni siquiera lo notan. 

­En la Isla de Pascua se ríen de mí porque uso chaleco todos los días. Cuando voy de visita, la gente me pregunta si estoy enferma. Es que ahora, allá, me da frío ­explica ella, quien llegó a Tahiti hace cuatro décadas, a los 18 años, no por seguir una fantasía cinematográfica, sino para ayudar a su padre a recuperar las tierras de la familia. 

Porque los pascuenses fueron dueños de un pedazo de Tahiti antes de ser chilenos. En 1880, misioneros franceses llevaron a 150 pascuenses a trabajar a la colonia. Ellos construyeron la catedral de Papeete, entre otras obras de la Iglesia Católica. Con sus salarios compraron una franja de un kilómetro y medio de tierra en la zona de Pamatai, cuando allí no había más que verde.

Esos colonizadores construyeron sus casas y se quedaron en Tahiti, pero a su muerte la mayoría de sus hijos regresó a Isla de Pascua o dio el paso hacia Francia. "Las tierras no quedaron abandonadas, sino al cuidado del arzobispo de Papeete, pero él las empezó a vender sin permiso de los dueños", relata Matías Hotu, sentado frente a la catedral que su abuelo ayudó a levantar. Su padre fue uno de los cuatro pascuenses que se enteró de los problemas y que, en 1971, partió a reclamar su herencia. El gobierno reconoció sus derechos. Pero las 24 familias que no se enteraron o no tuvieron dinero para viajar y hacer los trámites, perdieron sus tierras. 

Quienes volvieron a Tahiti sufrieron el rechazo de los tahitianos vecinos, que no entendían cómo era posible que esas tierras pertenecieran a unos pascuenses desconocidos. "Gastábamos mucha energía en explicarles. Pero al final ellos entendían", dice Titaina Hotu, hermana de Matías. Su familia se trasladó poco a poco a Tahiti: primero su papá, luego Matías (para evitar que hiciera el servicio militar en Chile), más tarde su madre y luego algunos hermanos. Ahora todos están repartidos, una hermana se fue a Francia y otros, a Chile. El Año Nuevo pasado, por primera vez en años, los 12 hijos se reunieron en la casa de sus padres, que ahora están en Isla de Pascua. 

A las familias propietarias en Pamatai ­los Hotu, los Tuki, los Hereveri y los Rapahango­, se han sumado los Pont, los Tepihi y los Paoa. La casa de Moisés y la de Judith están muy juntas, porque el terreno familiar, aunque mide un kilómetro y medio de largo, no tiene más de 17 metros de fondo, y son 20 hermanos los que reclaman derechos sobre esta herencia. 

Para un chileno continental, es difícil distinguir a los rapa nui de los tahitianos, en sus rasgos o en sus lenguas, pero entre ellos se reconocen fácilmente. Muchos de estos inmigrantes llevan tantos años acá que hablan con dificultad el español, aprendido en la escuela en Pascua o en Chile continental. Se les cruza con el francés, el idioma oficial junto con el tahitiano. En cambio, el rapa nui nunca lo olvidan. Y si alguien les pregunta, jamás se definen como chilenos: ellos son rapa nui. El pasaporte que hoy lleven, chileno o francés, es sólo un accidente.

El pascuense errante

En la Polinesia Francesa, hay un millar de pascuenses, según los datos que maneja el alcalde de la isla chilena, Petero Edmunds Paoa. "Ellos se fueron hace décadas, no es cierto que la inmigración sea más fuerte ahora", asegura. ¿Cómo se explica, entonces, que según el último censo la población rapa nui haya disminuido 158 por ciento entre 1992 y 2002. La razón principal es el cambio metodológico. En 1992, 21.848 personas dijeron sentirse "identificadas" con la etnia rapa nui. En cambio, en 2002, sólo 4.647 encuestados afirmaron "pertenecer" a la misma etnia. "Los resultados hoy están más cerca de la realidad", ha afirmado quien fuera jefe provincial del censo en Isla de Pascua, René Pakarati, y el alcalde está de acuerdo. 

De ese total, 2.671 rapa nui estaban en la Quinta Región (aproximadamente 2.400 en Isla de Pascua); 1.169, en la Región Metropolitana; 158, en la Décima Región, y 126, en la Octava. Es decir, hay casi tantos pascuenses en Tahiti como en Chile continental.

Lo más común, dice el alcalde Edmunds, es que los niños y jóvenes pascuenses estudien en "el conti" y que, ya más grandes, se vayan a conocer el mundo. "Los rapa nui no podemos estar amarrados a un lugar, nos gusta viajar, pero siempre volvemos", afirma. Y él mismo es un ejemplo: a los 13 años partió a Estados Unidos, donde vivía un hermano suyo, lavó platos, vendió autos y terminó graduándose con un master en economía en la Universidad de California. 

En este afán aventurero, la Polinesia Francesa es un paso obligado. 

El avión de Isla de Pascua a Papeete ­y al revés­ tiene algo de bus interprovincial, con rapa nui cargados de collares, cajas y bolsas del Duty Free. Los pascuenses van y vienen entre ambas islas con una frecuencia impresionante, y eso que el pasaje ida y vuelta no resulta nada de barato: 684 mil pesos. Por eso, los que no viajan aprovechan de enviarse los encargos más insólitos, desde gigantescos atunes envueltos en bolsas plásticas y papel craft (porque el atún tahitiano no se parece ni de lejos al pascuense) hasta los dólares cobrados por los arriendos de las casas del cartier rapa nui, y que en Isla de Pascua se convierten en una pequeña fortuna. 

"En Tahiti, los alimentos básicos están subsidiados. Por eso sale más barato traer de allá que comprar en la isla", explica Titaina Hotu, y toda la parentela se apresura en reclamar que no los dejan subir muchas cajas al avión, "porque dicen que es para la venta". "¡No entienden que uno tiene que traerle a toda la familia!", alega la mamá de Titaina. "Si uno viene con un kilo de arroz para cada uno, ya son como 12 bolsas. Y ¿cómo vamos a volver con las manos vacías?". 

No hay pascuense que no haya ido a Tahiti al menos una vez a conocer y, con frecuencia, a trabajar con algún pariente o conocido. Juan Tuki, un exitoso microempresario de Papeete, suele recibir la visita de jóvenes rapa nui que le piden trabajo "por unos días" en su fábrica de pinturas. Con lo que ganan en una o dos semanas, les alcanza para darse algún gusto ­comprarse una radio con parlantes gigantescos, por ejemplo­ y volver a su isla con perfumes del Duty Free. 

Pero otra cosa es pretender instalarse en Tahiti. 

En el aeropuerto, dos bellezas polinésicas reciben a los turistas con capullos de tiare como regalo, pero a unos metros los funcionarios de inmigración se aseguran de que los visitantes tengan pasajes de regreso, una dirección donde quedarse en Papeete y dólares para mantenerse. Inmigrar es difícil, aún más desde 1996, cuando los polinésicos ratificaron la autonomía de Francia y decidieron defender sus puestos de trabajo. "Por eso mismo, ya casi no llegan pascuenses a vivir acá. Y los más viejos se están devolviendo", explica Matías Hotu, quien trabaja como supervisor del programa de aseo en el municipio de Papeete. "Yo mismo, cuando termine de hacerme mi segunda casa, voy a construirme una en Pascua. Tengo casi 29 años de antigüedad; en dos más me jubilo y me voy a mi isla. El clima es mejor y la vida más tranquila. Además, está mi gente". 

Tahiti, bien dotada

El centro de Papeete está plagado de colores: tiendas que venden vestidos floreados, pareos, bikinis y sandalias; cerros de guayabas y sandías amarillas en el mercado; gente bronceada y de pelo rubio en las calles. Pero las boutiques de perlas negras son otro mundo. Con aire acondicionado, luz cenital y servicio de café o refrescos para los clientes. Una sola perla cuesta 190 dólares. Un collar, sobre dos mil dólares. En una de las tiendas más elegantes trabaja Mireya Tuki, una pascuense atípica, de cabello corto, maquillaje perfecto y traje dos piezas. "No es justo comparar nuestra isla con Tahiti", dice. "Pascua es el campo; Tahiti, la ciudad. No se les puede pedir lo mismo, y nadie podría despreciar a una por la otra". 

Ella llegó a Papeete hace 23 años. Se casó con un francés tahitiano, el padre de Hinerava (12) y Teva (18). Hoy, a los 42 y casada por segunda vez con un español, Mireya vive con sus hijos en una bonita casa afuera de Papeete, en el extremo opuesto a Pamatai. El único problema son los tacos: sale de su casa a las seis y media de la mañana para llegar al colegio (uno particular, católico) a tiempo. Habitualmente entra a trabajar a las siete y media. La mayor parte del comercio en Papeete funciona así, para aprovechar el horario más fresco. A las tres y media, los hijos de Mireya caminan desde el colegio hasta el trabajo de su mamá, para saludarla y luego tomar el truck (la micro) hasta su casa. "Me gusta la educación de acá", explica Mireya, "porque se concentra en lo importante. Los niños no usan uniforme y nadie se preocupa de si tienen el pelo largo o corto. Pero sí les dan una buena formación religiosa y, en las materias, van mucho más avanzados de lo que estarían en Pascua". 

A las cinco de la tarde todo el mundo está de vuelta, aguantándose el taco otra vez. Recorrer tres kilómetros puede tomar una hora. Es que en Papeete absolutamente todo el mundo tiene auto. Y nuevo. Como los vehículos se deterioran rápido por la humedad, el gobierno subsidia la compra de otros. 

Moisés Hereveri, quien llegó a Tahiti a los 14 años y hoy, a los 32, trabaja de noche en una fábrica de hawaianas, tiene una camioneta Chevrolet y un Ford Focus último modelo, adornado con llantas y limpiaparabrisas dorados. El auto casi ni lo saca, para no rayarlo. Su hermana mayor se niega a fotografiarse junto a las joyitas de Moisés. "¿Qué va a hacer usted, un reportaje de autos?", pregunta, indignada y de brazos cruzados.

Tiene sus ventajas ser parte de Francia. El salario mínimo es de 125 mil francos, es decir, unos 850 mil pesos chilenos. "Y si algún patrón pretende pagar menos, a la mala, le puede caer encima una multa fenomenal", advierte Matías Hotu. La ley favorece al trabajador. El Sofitel Ia Ora, uno de los hoteles más exclusivos de Moorea ­la isla vecina a Tahiti­, acaba de reabrir después de nueve días de huelga. Sus empleados pedían el dos por ciento de aumento real de los salarios: consiguieron el 1,5. "Estuvo bien. La empresa cedió porque no podía perder clientes", explica Moisés Tuki, un macizo pascuense que trabaja en el equipo de mantención del Ia Ora y que gana más de un millón de pesos al mes. Los pascuenses residentes tienen un seguro de salud que cubre el 80 por ciento de cualquier prestación médica, sin importar si se trata de un hospital público o de un especialista privado. A los 89 años, la mamá de Moisés y Judith (y de otros 18 hijos) se acaba de operar de las rodillas. "Quedó perfecta", se felicita Moisés, "así es que ya partió de vuelta a Isla de Pascua". Es que muchos rapa nui con visa permanente ya no viven en Tahiti, pero viajan cada vez que el hospital de su isla no es capaz de resolver sus problemas de salud. Los jubilados gozan de una pensión similar a su antiguo salario, lo que les permite darse los gustos postergados por años. Es lo que espera Judith, quien a los 57 años está decidida a recorrer el mundo antes de que los achaques se lo impidan.

"Para el que llega, todo es terriblemente caro. Pero el que ya está instalado puede tener una buena vida acá", afirma Matías Hotu, el encargado del aseo municipal, que durante los fines de semana lanza su lancha al mar y sale con un primo, feliz de la vida, a pasear a las islas vecinas y, en el camino, pescar lo suficiente para un buen almuerzo. 

Mirar para el lado

Es de noche en Hanga Roa, el único pueblo en Isla de Pascua. Matías Hereveri ­hermano de Moisés y Judith, y locutor de la única radio local­ arregla el mundo con Petero Tuki y Gilbert Poumot, un jubilado francés que visita la isla por cuarta vez. Discutiendo en rapa nui y francés, aterrizan en Pascua: ¿Qué habría pasado si los franceses se hubieran hecho cargo de la isla, en vez de dejársela al Estado chileno? Los pascuenses sospechan que tendrían un mejor hospital, mejores escuelas, supermercados más surtidos y salarios mucho más altos. Pero Poumot les advierte: "Aquí estaría lleno de hoteles cinco estrellas con vista a los moais, y les aseguro que no existiría la tranquilidad ni el silencio que disfrutan hoy". 

Petero no está muy convencido de que esa sea una desventaja tan grande. Hace dos años tuvo un accidente en moto. En el hospital de Hanga Roa no supieron decirle qué tenía. "Querían meterme un taladro en el pie, ahí me puse bravo y le dije al médico: oye, si tú no estás seguro, ¿cómo me vas a partir el hueso? Me dijeron que fuera al conti a hacerme un escáner. Costaba 1 millón 300 mil pesos. Ni gueón, dije yo. Viajé a Papeete, porque ahí tengo un carné para el hospital, y el escáner me salió 50 dólares. Resultó que no tenía nada, no necesitaba más que unas vendas". Por la misma época, un sobrino suyo se enfermó en la isla. "Nunca supieron qué hacer con él. Si hubiésemos estado en Papeete, seguro que lo salvan". El niño murió.

Las desgracias médicas son cuento frecuente en Rapa Nui. "A mí hijo le enyesaron un pie por un esguince. Seis meses lo tuvieron con yeso. Ahora tiene una pierna un poco más corta que la otra. Unos médicos franceses que alojaron en la casa de mi mamá, como turistas, me dijeron que el yeso no se debe usar tanto tiempo en niños pequeños, porque el hueso está creciendo. Pero yo, ¿cómo iba a saber?, ¿a quién le iba a preguntar?", se lamenta Titaina Hotu. 

Y si es por quejas, el alcalde Edmunds no se queda atrás: "Todavía aquí hay mosquitos que pueden transmitir el dengue. Todavía no se hace una erradicación completa, porque no hay plata. En el consultorio, la leche se acababa por estos días. Han llamado al Servicio de Salud de Valparaíso un millón de veces, y nunca les contestan. Los dejan esperando, se corta la llamada... Y resulta que tampoco tenemos recursos para comprar la leche en otra parte. Tenemos que resignarnos a esperar". 

El abandono persiste. La construcción del nuevo liceo no avanza porque el barco con los materiales se atrasa. Faltan especialistas médicos, y aunque los pascuenses tienen becas para estudiar en el continente, quienes regresan con un título profesional terminan organizando paseos a caballo para turistas o vendiendo moais, como todo el mundo.

La isla no cambia, y si lo hace es de modo tan imperceptible que los pascuenses no saben si fascinarse o desesperar. "Me fui a Tahiti diez años, entre 1972 y 1982, y cuando volví, lo único que estaba más alto eran mis sobrinos", dice María Goretti Paoa, sin quitar la vista de la enorme ensalada que prepara en la cocina americana de su residencial. Fue en la Polinesia Francesa, trabajando con inmigrantes chinos, donde adquirió los conocimientos que le ha permitido sacar adelante su negocio, a partir de la nada. 

La nostalgia permanente 

Pero los pascuenses extrañan su isla, pese a todo. Titaina Hotu, la hermana menor de Matías, también vivió en Papeete, entre los 13 y los 26 años. Le encantaba la sensación de estar en una ciudad grande, pero a la vez echaba de menos la seguridad de Pascua, donde todos se conocen y nadie teme caminar a solas en la oscuridad. 

"Lo más triste de Tahiti es cómo se han perdido el idioma y las costumbres", dice. "Ni siquiera la tierra es de los tahitianos, todo lo han comprado extranjeros". Por eso, en estos seis años de regreso en Pascua, se ha empeñado en rescatar la lengua rapa nui, que por décadas estuvo prohibida en la escuela. Además de ayudar a los talleres que realiza el liceo, Titaina tiene un programa de televisión para niños, todos los sábados, en el que muestra las actividades tradicionales de Pascua y habla exclusivamente en su idioma materno. "Es el único en el que puedo expresar mis sentimientos. Cuando hablo en español o en francés, siempre tengo que traducir y siento que algo se pierde". 

De chilenos, los pascuenses tienen apenas la inscripción de nacimiento. ¿Significa eso que quieran ser franceses? Para nada. El sentimiento dominante entre ellos es el orgullo de ser rapa nui. "Somos únicos en el mundo", es su lema. A ninguno se le ocurriría negar su origen. Por el contrario, "ser rapa nui abre puertas en el mundo", como define el artesano Petero Hucke, un pascuense que ha recorrido el planeta gracias a su raza. 

Instalado en Taravao, una comuna de Tahiti ubicada al otro extremo de Papeete, Petero Hucke vive de sus esculturas y trabaja como profesor del área sociocultural en una Aldea SOS. En Pascua, aprendió a amansar caballos y terminó la escuela. Después, en "el conti", estudió mecánica automotriz en el Inacap y técnicas agrícolas, pero dejó todo para irse de gira con un circo. Cuando estaba en Panamá vio la película Motín en el Bounty y decidió que su futuro estaba en Tahiti. No precisamente por las playas ni los cocoteros. "En la película, aparecían unas mujeres increíbles, y me dije: 'Petero, tienes que conocerlas". 

Jamás había tallado ni un moai chico, pero con su hermano mayor, que también es artista, aprendió la técnica y pronto comenzó a ganar concursos. "Después quise conocer Europa, así es que postulé a varias universidades en Francia. Me aceptaron en todas. Jamás habían visto el trabajo de un artista rapa nui contemporáneo. Al final escogí una que quedaba en el sur, cerca de España. Casi no iba a clases. Me preguntaron: ¿y usted, a qué vino? Y les dije: bueno, necesitaba el carné escolar para viajar por Europa a mitad de precio", relata Petero, sentado bajo la sombra de una ramada y en medio de las risas de sus primos Moisés y Judith, y de su mujer, Ingrid, una tahitiana menuda y bonita. 

A su paso, Petero va dejando esculturas. En Tahiti hay varias, en hoteles y también en el municipio de Taravao. El patio de su casa está plagado de piedras talladas. "Los ladrones no se atreven a entrar porque creen que son demonios que los van a matar. Aquí la gente es muy supersticiosa", cuenta él y provoca nuevas carcajadas. Entre cuento y cuento, Petero sacude el cocotero de su patio y, cuchilla en mano, abre los cocos y ofrece beber su agua. Moisés Hereveri recuerda su sueño de niño: "Cuando llegué acá había tanto coco que ya ni me interesan". 

Su primo escultor parece tenerlo todo en Tahiti: una casa bonita, construida con sus manos y adornada con sus obras; muchas ofertas de trabajo, gente que lo respeta. Pero él quiere otra cosa: regresar a Pascua a trabajar con los niños rapa nui. "Quiero enseñarles a amansar caballos, a tallar, a hablar nuestro idioma. Es mi deber con mi patria". 

Su gran aspiración, como la del alcalde Edmunds, como la de Petero Tuki, Matías Hereveri, Titaina Hotu y muchos otros, es que Chile finalmente le reconozca a Pascua la autonomía que ya tiene en el alma, y que le permita gestionar sus propios recursos, de manera que lo que ingresa por turismo ­y que cada vez es más­ se quede con ellos y les permita financiar los adelantos que Pascua necesita. Como dice Edmunds, "los pascuenses aman su isla. Sólo necesitan una buena razón para quedarse en ella". 


©2000 Empresa El Mercurio S.A.P