La machi Ana Astorga
Pilquimán, de la zona del
lago Lleu Lleu.
Foto:Nicolás Piwonka .
Los esfuerzos por mantener viva la medicina mapuche
La última cruzada de los machis
Marcela Escobar Q.
4 de Abril de 2003
 

Quedan pocos. En Alto Biobío no tienen ni siquiera uno. Las y los machis ­porque los hombres no están excluidos de esta profesión­ se esfuerzan por continuar vigentes. Educando a los jóvenes que reciben el llamado de su Nguenechen, su Dios. Disipando la polémica con los evangélicos de Temuco, que se oponen a que trabajen en hospitales. Esta es la compleja guerra espiritual que libran, hace siglos, los sanadores del pueblo mapuche.

Texto: Marcela Escobar Q.
Fotos: Nicolás Piwonka

Herminda Nahuel Epuman tiene unos ojos pequeñísimos que apenas ven. Que parecen todavía más mínimos cuando le viene la risa, la que la mueve entera, alta y maciza como es. Y la risa le viene seguido, a ratos con un poco de tos, y casi todo el tiempo en mapudungun. Herminda Nahuel Epuman se ríe en mapudungun, cuenta chistes en mapudungun y alaba a Dios en mapudungun, la lengua mapuche que habla desde que nació, hace 67 años. El Dios de Herminda se llama Nguenechen y es quien quiso que ella, a los 10 años, entendiera que su destino era ser machi.

Herminda vive en Temuco, en la comuna de Padre Las Casas. Ella dice que Nguenechen, Dios, Diosito, es único, que es el mismo para todos los que tienen fe. Por eso que no se explica por qué, en las últimas semanas, un grupo de fieles de la Iglesia Anglicana de esta ciudad repartió folletos en las puertas del hospital de Maquehue, levantado en un terreno que pertenece a los anglicanos y que fue entregado a los mapuches en comodato, hace cuatro años.

Este es el único hospital donde se practican las dos medicinas, la mapuche y la occidental. Y ese era el reclamo que motivó los folletos: en Maquehue, los pacientes pueden consultar a una machi, y es posible que sus dolencias sean tratadas ya sea luego de un complejo diagnóstico médico o bien después de que una médica mapuche observe su orina y decida qué yerba le conviene para sanar su mal.

No es primera vez que las machis son cuestionadas. Se las llamó brujas alguna vez. Incluso los mismos mapuches reconocen que hay algunas capaces de pasearse cómodamente por los secretos del bien y del mal. Claro que las que manejan las malas artes son reconocidas a poco andar y se les llama kalku.

A las kalku se les teme. También a las machis. O los machis, más bien, porque son mujeres y hombres los que ejercen esta vocación. Hoy, sin embargo, las mujeres son las más. Lo que no quita que el total de machis sea escaso. Imposible encontrar cifras oficiales, pero se sabe que en el Alto Biobío ­donde viven los mapuches pehuenches­ están, temporalmente, extinguidos estos chamanes. El antropólogo Ziley Mora investigó la situación de esta zona por encargo del Servicio de Salud del Biobío. En su informe, sugiere las causas de esta escasez de machis pehuenches: "La comunidad descuida el aprendizaje de machi, decae en la pureza de sus prácticas rituales, olvida sus deberes para con el Gran Espíritu, deja de orar, pierden la fe. Lo anterior se traduce, en términos prácticos, en que los padres, hermanos o parientes mayores dejan de incentivar a niñas adolescentes que presentan síntomas o indicios de 'llamado".

Es que esta es una profesión sufrida. A la que no accede cualquiera, sino sólo los elegidos que cuenten con sangre machi en su genealogía. El don es revelado en sueños y conlleva, irremediablemente, un costo altísimo en enfermedades, las expresiones más claras de estar en posesión de este tipo de facultades chamánicas.

Por eso se hacen esfuerzos por validar las prácticas medicinales de los mapuches. Por si en algún sitio hay alguna chiquilla que, durmiendo, se haya enterado de que tiene el don. A los machis se les cuida. Algunas, en el sur, tienen alumnos. Además de su inclusión en el hospital de Maquehue, hay un machi que atiende en un consultorio en La Pintana de Santiago. Y desde enero funciona en Temuco la farmacia Makewelawen, con remedios preparados a partir de yerbas que las machis recetan desde hace siglos.

"Cuando alguien recurre a una machi para curar sus enfermedades no sólo está realizando un acto pragmático, sino que mágico", afirma Sonia Montecino, escritora y antropóloga. Y recuerda que esa sabiduría que les permite conocer las propiedades curativas de las plantas ha sido transmitida por generaciones, a partir de los mensajes de sus propios dioses.

Nicolás Piwonka logró retratar a varios machis para la exposición fotográfica sobre sanadores y chamanes que montó el año pasado. Aquí está el machi Juan, de Temuco; la machi Mercedes Caryunao, de Freire; y la machi Ana Astorga Pilquimán, quien vive cerca del lago Lleu Lleu. A Piwonka le costó encontrarlos, porque a los machis no les gusta exponerse públicamente. Y para dar con las historias que aquí contamos, también hubo que esmerar cuidados. Buscar a alguien que los conociera y hacerles guardia. Que no se vayan a enojar. No vaya a ser cosa que estén muy ocupados. O que sólo hablen mapudungun. Algunos todavía creen que una cámara puede arrebatarles el espíritu. Ese mismo que los convierte, frente a los ojos de todo un pueblo, en los escogidos para guardar los mensajes sagrados.

La vergüenza de la elegida

Hay cientos de botellas a la entrada de la casa de la machi Hilda Coilla. Algunas dispuestas frente al rehue, el tótem sagrado de los mapuches. Cientos de botellas que contienen orina de todos los colores y que sirven para que la machi Hilda sepa qué enfermedad tienen quienes consultan, los que se toman la molestia de viajar hasta Pitraco, un sector que está a casi una hora de Temuco hacia la costa y que goza de un paisaje de postal.

La machi Hilda no repara siquiera en el tibio día soleado en que la visitamos junto a un antiguo conocido suyo, Francisco Caquilpán. Él oficiará de puente ­y traductor, en un caso­ con las machis que entrevistaremos en Temuco. Hilda tampoco se entera de que no pedimos un número de atención, como el resto de los pacientes, para asegurarnos la cita. Se ve cansada, casi triste, y no parece tener 43 años. Sentada en el comedor de su casa, bien arropada, me llama "hermanita" y da explicaciones por ese trato. "Así le digo yo a toda la gente, hermanita, a mi gente y a los chilenos". Y enseguida cuenta, con culpa, que ella no quería ser machi: "A los 7 años supe lo que el espíritu quería de mí. A los 14 tuve mi revelación en sueños. Que iba a ser médica y que tendría que pasar por muchas pruebas. Yo no quería. Me daba vergüenza. Le pedía a Dios que no quería ser, nunca, una machi. Qué le iba a decir a mi gente".

A Hilda le complicaba eso de hurgar en los secretos de la orina de otros. Ni siquiera a su esposo le contó que tenía un don. Desde muy niña, cuando apenas había entrado a la escuela, veía cosas en los pizarrones. Cosas verdes, que le traían dolores de cabeza, vómitos y ganas de dormir. Ella sabía que su bisabuela y una de sus tías habían sido machis. Tenía clarísimo que esos achaques, que la acompañaron desde los 6 años hasta los 27, eran las señas de que era una elegida.

El antropólogo Ziley Mora asegura que hay distintos tipos de "llamados": "Las machis del espíritu del trueno empiezan por manifestar tempranamente dolor de cabeza; las machis del espíritu del rayo soportan en su carne el imprevisto y duro trance de ser receptáculo de la caída de un rayo". Son patrones que se repiten en la mayoría de estos chamanes. Lo mismo pasa con los sueños en la historia de Hilda. La tradición mapuche habla de los perimontu, visiones sobrenaturales que informan qué tipo de dolencias será capaz de sanar. En sus sueños, Hilda dice que una estrella le bajaba niños recién nacidos y que Dios le hablaba para que alejara a esas guaguas del mal.

"Esos fueron mis primeros trabajos. Sanar el mal de ojo", explica ahora. Y reconoce que después de esos sueños despertaba llorando, porque se negaba a asumir lo que el espíritu le estaba ordenando mientras dormía, el momento propicio en que Hilda dejaba las negativas y se entregaba por entero a su don. Cuando soñaba, Hilda dice que comía yerbas y alimentos que el mismo Dios le disponía. Al despertar, su apetito se acababa, sus extremidades se tullían, se hinchaban sus pies y soportaba enfermedades, especialmente en septiembre, para sanar en octubre.

Necesitaba de alguien que la iniciara. Y si bien consultó a dos machis que confirmaron que tenía el don, fue un yerbatero chileno el que le enseñó los beneficios medicinales de las plantas.

Menos mal. Porque de haber continuado con la negativa, Hilda no hubiese corrido buena suerte. Rechazar el don parece complicado. La "enfermedad espiritual" de la que habla Hilda podría eternizarse. Así lo explica la antropóloga Sonia Montecino: "Es posible negarse, pero la persona sufrirá enfermedades, sueños que le harán saber que debe iniciarse. Es frecuente que en muchas comunidades haya machis que no ejerzan como tales, pero que han sido iniciadas para evitar que sigan enfermándose. He visto a muchas jóvenes, por ejemplo, que viven en Santiago y que han tenido que regresar al sur para superar la angustia que les ha significado el 'llamado".

Hoy, Hilda dice que receta remedios a mujeres infértiles. Que prepara seis fondos de yerbas junto a su cuñado, y que ya ha ayudado a ocho alumnos a seguir su camino de machi. Todo por un propósito que apenas verbaliza, porque ya son más de las seis y está cansada de hablar y recordar. Pese a eso, cierra la conversación con un ruego: "Que no se pierda esta costumbre. Que no termine, porque el espíritu viene del cielo".

Nguillatun por Chile

Francisco Caquilpán saluda con respeto a las hijas de Herminda Nahuel Epuman y les pregunta por la lamngen machi, la hermana machi que vive en esta casa donde no se usa tenedor. En ningún minuto, Herminda se separará de sus dos hijas, que se sientan una a cada lado y la ayudan a caminar, a sentarse, a saludar a la "amiga periodista". Francisco les advierte: la "amiga periodista" viene de Santiago y no habla mapudungun. Y si bien Herminda lo acepta, gran parte de su historia la cuenta en mapudungun, porque no halla palabras en castellano.

Tiene diabetes, Herminda. Y se quebró la cadera, por eso anda con muletas. Cómo saber si tales cosas las padece a causa de sus 67 años o por su profesión de machi, la misma que tenía su madre. Lo primero que hace es hablar de un número angustiante de males, insomnios, falta de apetito y delgadez. Jura que le tomaron las medidas para el cajón. "Este don lo recibí de Dios como una enfermedad", repite. Suena creíble.

Las yerbas que recomienda las recolecta en Lonquimay. Dice que el canelo es santo remedio para el cáncer. Y que para la impotencia sexual masculina, ella recomienda una medicina que está en el mar. La fe, por supuesto, también hace lo suyo. Pero cuando se ve sobrepasada, recurre, sin pudor, a los médicos.

"En la orina, yo veo todo, porque lo dice todo", asegura Herminda. Y sigue: "Veo qué es lo que tiene, si es posible mejorar con remedio o no. Si es necesario derivar a doctor, cuando hay un tumor, por ejemplo. Entonces le digo al paciente: vaya al doctor, yo no puedo".

Herminda ha seguido soñando, aunque hace 57 años que supo que sería machi. Pese a que se consagró de la manera en que lo dicta la cultura mapuche ­en una rogativa de entrega a la que tienen que ir otras machis ya consagradas­, no han acabado los vaticinios. "Yo dije que venía fuego, hambre y pobreza", dice, aludiendo a la guerra en Irak. "También sabía que hoy vendría gente. Le dije a mis hijas que me pusieran bonita", remata, sonriendo desdentada, mientras una de sus hijas le arregla el pañuelo con que adorna su cabeza.

A ella le preocupan las acusaciones de brujería que han hecho los evangélicos. "¿Acaso han practicado brujería que saben cómo es?", pregunta. Pero la pelea no está en su ánimo. Herminda quisiera que todos los chilenos, también los mapuches, se juntaran en un gran nguillatun, la ceremonia religiosa del pueblo mapuche. "Todos somos hijos de Dios", sentencia. Herminda es católica, y profesar esa religión no la complica. Al contrario: muchos mapuches han conseguido mantener sus raíces y asumir una fe cristiana. Para otros, en cambio, la ansiada transculturización juega en contra de las tradiciones indígenas.

Lo sugiere Ziley Mora como una de las razones de la falta de machis: "Está íntimamente vinculada al olvido del idioma, al abandono de las costumbres. Influye el éxodo a las ciudades, el asumir otros oficios y estar alejados de la naturaleza".

Por eso que en la casa de Herminda Nahuel Epuman se habla sólo mapundungun y se come sin tenedores. Para mantener la tradición que enorgullece a la familia.

Una enfermedad, una planta

Hace tres años que el machi Manuel Lincovil instaló una ruca en el patio del consultorio Santiago de Nueva Extremadura, de La Pintana. Recibe pacientes sólo miércoles y jueves, y siempre tiene su agenda copada. "Es bien milagroso", comenta una mujer que lo espera. Ella se queja de depresión, problemas estomacales, insomnio. El machi Manuel ya tiene una ficha médica con todos sus datos. Y su esposa, María, la misma que conoció en Santiago hace treinta años después de emigrar desde Nueva Imperial, lo ayudará con los remedios.

Él dice que siempre hubo machis hombres y mujeres. La explicación por la escasez masculina la tiene clara: "Cuando llegaron los españoles, buscaron a los machis y los mataron. Vino la guerra y las mujeres se quedaron. Por esa razón hubo periodos en que las machis fueron mayoritarias".

La diferencia de género es importante para los antropólogos. Ziley Mora dice que la naturaleza responde a la mujer, por lo que el hombre necesariamente tiene que recurrir a atributos femeninos. Recurriendo a alguna mujer que lo ayude, como en el caso del machi Manuel. Es su esposa, María, quien lo apoya cuando cae en trance. Ella misma está ahí, en la ruca, sirviendo de asistente.

En otros casos, Mora habla de la feminización del hombre: "Tiene que asumir la condición femenina, vestirse o actuar como tal. Es un lugar común el hecho de que los machis hombres sean travestis desde el punto de vista chamánico. Aunque no necesariamente homosexuales".

Sonia Montecino afirma que no existen estudios históricos que evidencien el cambio de una profesión ejercida eminentemente por hombres ­antes de la guerra de Arauco­ a una condición femenina, desde el siglo diecinueve en adelante. Pero sugiere que la dualidad hombre-mujer está en la esencia de la espiritualidad mapuche: "Recordemos que las divinidades entre los mapuches también poseen una parte kusé (femenina) y una parte fuchá (masculina). Así, cuando las mujeres asumen el papel, para comunicarse con las divinidades necesitan un dungumachife (un traductor), que generalmente es un hombre".

Con toda esta complejidad, se entiende que el machi Manuel sea un hombre reflexivo, que junta sus manos cuando habla, que se toma su tiempo. "Es difícil ser machi", confiesa. "El machi es una persona que tiene mucha sabiduría, pero al que le tienen mucha envidia. Se convierte en un hombre público, en una mujer pública. Y por lo mismo hay mucha gente que lo quiere, y mucha que lo odia".

A él le va bien. Desde 2000 que su medicina se complementa con la de los médicos del consultorio. Dice que diariamente recibe gente desahuciada por el sistema convencional. Enfermos crónicos, algunos de los cuales ha logrado "sacarlos adelante", como él dice. Cáncer, diabetes, enfermedades "espirituales", como llama a las depresiones. Todas, curadas con yerbas.

¿Hay remedios naturales para todas las enfermedades?, preguntamos, con dudas. "Sí". "El bosque lo da, el creador lo da. Si nace una enfermedad, nace una planta. No puede quedar esa enfermedad sin su antídoto". Cuestión de equilibrios ecológicos, entonces. Y por eso mismo, tal vez, los mapuches no quieren quedarse sólo con los conocimientos que han obtenido de la tierra, de su cultura. También les interesa estudiar la otra medicina, esa que tiene a cuarenta chiquillos mapuches preparándose para convertirse en doctores y veterinarios universitarios, en Cuba. Puede que no hayan sentido el llamado de los machis. Pero están decididos a sanar a los enfermos, combinando todas las sabidurías.


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