Santiago de Chile, Viernes 22 de Marzo de 2002

Mapuches urbanos: Somos hijos de la tierra

Soledad Marambio

Texto: Soledad Marambio
Fotos: Juan Eduardo López
 
 

 
Inés Colimil está juntando 
plata para montar un taller 
de telar mapuche. Para 
eso, trabaja como asesora
del hogar. Todos los días
después de la pega 
llega a amasar pan para 
sus hijos.
Martes, 19.30. En Peñalolén, la radio Encuentro deja sentir La voz del viento. Desde el 107.3 FM, Luz Betancurt Rubilar, lejos del pop y del top, presenta música y cantos mapuches. "Nunca me ha gustado el apellido que tengo porque no me representa", dice Antu Liwen, el nombre artístico que eligió Luz Rubilar para defender su identidad.

"Para mí era muy penca cuando me presentaban con mi apellido real y yo llegaba vestida de ñaña", cuenta esta nieta de pehuenches. Y es que las ñañas que uno conoce son como Berta y Nicolasa Quintremán, mujeres de nombres mapuches que pelean o cambian sus tierras, en el sur. Pero ellas no son las únicas, lo que no es difícil de entender si se considera que el 80 por ciento de la población mapuche de Chile, vive en ciudades. Y que en la Región Metropolitana está casi el 50 por ciento, según datos del último censo.

Los mapuches urbanos tienen su propia lucha en la metrópolis: la de tratar de conservar sus tradiciones y no perderse en el mundo "huinca". "Hay una transculturización increíble que facilita todos los medios para perder tu cultura e identidad", se queja José Llancapán, consejero de la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi) que representa a los mapuches citadinos. "Somos parte del mismo pueblo que pelea allá en Ralco... Nosotros somos la consecuencia de las políticas que el Estado chileno ha venido aplicando hacia nuestro pueblo desde épocas pasadas. Cuando ya no hay tierras o las que quedan son tan pocas que ya no dan para vivir, hay que venirse a la ciudad", explica.

Así lo hizo Antu Liwen, a los 11 años, para venir no como ñaña, sino como nana a una casa del barrio alto santiaguino. En ese tiempo todavía se presentaba como Luz Rubilar, pero traía un repertorio de cantos de su tierra que soltaba a todo pulmón cuando le bajaba la nostalgia por sus ríos, sus árboles y su abuela, que le hablaba en mapudungún. "Yo no tengo la culpa de que la abuela se haya casado con un Rubilar y tampoco de que yo haya nacido de un huinca que nunca se acordó de que me había sembrado allá en el sur y que, para más remate, me dejó su apellido", cuenta mientras se endereza la trapelacucha que le adorna el pecho. Por eso, el cambio de nombre y su trabajo en la radio, para preservar la cultura ancestral de la que se siente orgullosa.

Pero no a todos les pasa lo mismo. El año pasado cerca de dos mil jóvenes cambiaron sus apellidos mapuches por otros más "comunes" para evitar ser discriminados en trabajos, estudios y en el día a día. Son ellos los que piensan que es mejor unirse al mundo huinca sin intentar recuperar las raíces. Y no es un fenómeno nuevo, como le consta a Ana Echeverría. Ella es bien morena y bien mapuche, "netamente", como dice esta mujer que nació en el campo, a veinte minutos de Temuco y que ahora trabaja haciendo el aseo en la estación de metro Las Rejas. "Mi papá no era huinca, sino que tenía vergüenza y por eso se cambió el nombre... A mí me habría gustado tener mi apellido original", pero lo Echeverría no quita lo indígena. Ana se da tiempo para cantar y tocar el kultrún junto a Antu Liwen y así rescata parte de lo que le queda de su pueblo. No ensaya nunca porque no tiene tiempo entre el trabajo y sus tres niños, que también son parte del conjunto musical. "No importa no ensayar porque esta música se lleva en la sangre", asegura.

Para Ana fue muy difícil adaptarse a la ciudad: "Uno se cría con la naturaleza y de repente te encuentras con que hay que fregar pisos, limpiar baños y sentir tanta discriminación". Pero piensa que las cosas ahora son un poco distintas. "La gente ya sabe hacer respetar sus derechos. Yo, por ejemplo, no me dejaría trapear por el huinca; me respetan como persona o chao".

Nguillatún en La Pintana

En 1979, en pleno régimen militar, se dictó un decreto conocido como "la ley de división de tierras", que tenía como fin terminar con el sistema de propiedad colectiva. Para las comunidades mapuches ­que son agrupaciones de familias unidas por línea paterna­, esto significó un quiebre de su dinámica interna, ya que por la petición de un solo miembro se podía disolver la comunidad. Se estima que cerca de 1.300 comunidades se desintegraron para transformarse en pequeños predios privados. Aparte de las rencillas familiares, eso dio un reimpulso a la migración hacia la urbe. La ñuke mapu, la "madre tierra", comenzó a ver cómo los jóvenes de su pueblo cambiaban los bosques de araucarias por la tierra suelta de los cordones marginales en las grandes ciudades.

En la Región Metropolitana, las comunas más pobres son las que concentran al casi medio millón de mapuches "santiaguinos". Hay más de ochenta organizaciones urbanas reconocidas por la ley indígena y más de una veintena que no lo está. Sólo hace unos pocos años las municipalidades están haciendo eco de esta población que se siente distinta al resto. "Nos quieren ver como un problema social más, como otros pobres dentro de los pobres y no es así. Acá hay una cultura distinta, un idioma, tradiciones que ustedes no entienden", dice José Llancapán.

En La Pintana hay más de una ruca entre medio de las casas. Una está en el consultorio donde se practica medicina intercultural. Así de simple: al lado del típico médico de delantal y estetoscopio hay una machi que atiende a cerca de setenta personas en una jornada. Claro que va dos veces a la semana. Esta iniciativa ya se está proyectando en siete comunas más: Pudahuel, Lo Prado, Cerro Navia, La Florida, Peñalolén, Huechuraba y El Bosque. La otra ruca de La Pintana está en el jardín infantil de la tía Gladys. La ruca de Cedin tiene más de un año y en un momento se ideó como sala de clases para enseñar la cultura mapuche, pero peleas entre la encargada del proyecto y la gente del jardín ha dejado en nada la iniciativa. Por el momento es un lugar de juegos más, pero se supone que este año se darían allí clases de mapudungún, de greda, textilería, danza y juegos mapuches.

José Painequeo lleva cuatro años a cargo de la oficina de asuntos indígenas de La Pintana y su principal preocupación dentro de la preservación de su cultura son los niños. "Enseñar en la ciudad es muy distinto a hacerlo en una comunidad natural. Allá la cultura te nace, mientras que en el medio urbano el gran desafío no es mantener sólo el idioma, sino también la espiritualidad, las comidas típicas, el deporte, la vestimenta, toda nuestra cosmovisión. Hay que enfrentar esta tarea con mucha humildad y paciencia; es un camino largo que requiere de mucha voluntad, y no sólo nuestra, sino que incluso pasa por la voluntad huinca".

Según Painequeo, los eventos masivos son de enorme importancia a la hora de preservar, en la ciudad, las tradiciones de su pueblo. Mientras un clásico de fútbol o un megaconcierto son peceras donde exhibir lo más propio de nuestra blanca cultura, un nguillatún es una de las buenas formas de mostrar la idiosincrasia mapuche. Una vez al año se organizan estas rogativas en la comuna de La Pintana. Hay uno preparándose para fines de marzo o principios de abril. Allí la espiritualidad de la raza de la tierra se despliega entre sopaipillas, mate, muday y tortillas.

La comida típica es otra de las tradiciones que fácilmente se pueden perder. José Painequeo lo sabe y aboga porque en su casa no se olviden de lo que se come en el sur. Por eso, él mismo, cuando el tiempo y el bolsillo se lo permiten, parte hacia Puerto Saavedra y trae lo que puede de su zona.

Pan para hoy

Inés Colimil camina todos los días desde la Comunidad Ecológica de Peñalolén hasta la villa Nueva Esperanza Andina, que hace algún tiempo era parte de la toma de la comuna. De ida, en la mañana y de noche, de vuelta a su casa. Cuando llega, mete las manos a la harina y hace un pan amasado delicioso que sirve de once y desayuno para ella y sus tres hijos.

Inés trabaja de asesora del hogar. Espera que sea por poco tiempo. El necesario para juntar el dinero que le permita montar un taller de telar junto a otras mujeres mapuches de la población. Primero lo intentó a través de la Conadi, pero le pidieron un capital inicial que era el que buscaba en la entidad. Después decidió conseguir ella los medios. "Ya no me queda ninguno de los telares que había hecho, los regalé todos", cuenta y dice que es muy importante enseñar su arte, que aprendió en Nueva Imperial, de donde se vino a los 10 años. "Es una forma de preservar nuestra identidad", sentencia.

Mientras la mantequilla se derrite sobre el pan recién horneado, sus hijos más pequeños, Elías y Alejandra, cuentan que están orgullosos de ser mapuches, aunque su padre, huinca, no era de la misma idea. "Me decía 'gorda, a mí me da un poco de vergüenza salir contigo'. Y cuando le preguntaban por el nombre de los niños decía su puro apellido. Así que ahora viene repoco, porque se dio cuenta de que yo no voy a dejar de lado mis raíces", remata Inés.

Tampoco lo ha hecho José Painequeo y su familia. Tiene tres hijos que hablan mapudungún. Su señora no habla mucho, pero lo entiende todo. Ella, al igual que los niños son mapuches de segunda generación, es decir, los primeros nacidos en la ciudad. "Acá todo es tan distinto. Naces es un hospital y llegan los padres y te ponen un nombre. Allá al recién nacido se lo presenta a la comunidad y el nombre se elige entre todos", dice este lafquenche ­mapuche de la costa­ que tiene claro que el indígena urbano es bicultural. "Nosotros hacemos comidas típicas en la casa, pero igual tenemos que ir al supermercado a comprar yogur y mantequilla. Además, todos hablamos castellano".

Ayllape significa "nueve plumas" o "nueve pumas", pero Evelyn Ayllape, quien trabaja con José Painequeo en asuntos indígenas se queda con los pumas. Un asunto de fuerza. Ella nació en Santiago y después de trabajar en una oficina de contabilidad, llegó al lado de don José. Es descendiente de lonkos y, aunque no sabe bien su historia, lo dice con orgullo. Con el mismo que la llevó a tomar este año talleres de mapudungún. Hace un tiempo tuvo la oportunidad de pasar por Temuco, pero no pudo quedarse a conocer la tierra de los abuelos: "No he tenido ese privilegio, pero es un sueño que espero cumplir luego".

José Llancapán dice que es netamente urbano porque llegó desde Carahue cuando tenía 3 años. Pero va cada temporada porque la tierra de sus antepasados lo llama. El mapuche no corta los lazos con el suelo de los ancestros. Por eso, aseguran que a las hermanas Quintremán y a los que "están conscientes del valor de su pueblo", los van a sacar muertos de los Altos del Biobío. "Dicen que somos cobardes, pero estamos defendiendo lo poco que tenemos. Nuestro pueblo no tiene mucho más que perder. Hemos hablado con la autoridad y se les ha dicho que si no solucionan luego los problemas de nuestra gente, el conflicto se va a trasladar a Santiago y se va a convertir en un conflicto nacional", señala, y agrega que el sentimiento de impotencia es grande y largo. Que viene desde los años de la conquista y que no murió, sino al contrario, bajo la mal llamada "pacificación de la Araucanía", la que a fines del siglo XIX culminó con un verdadero etnocidio de la raza mapuche.

Painequeo ha ido más de una vez a dejarles comida y ropa a la gente del Alto del Biobío. "Y no soy violentista ni terrorista, pero tengo una relación con mis hermanos de sangre, de causa". Piensa que a la sociedad chilena le falta conocimiento sobre el pueblo mapuche y que de ahí viene la discriminación y la falta de iniciativas para con la gente de la tierra. "Chile se forma a través de tres siglos de mestizaje entre español y mapuche. No se entiende que exista un permanente rechazo a ser indio, de cualquier etnia. Nosotros mismos nos automutilamos. Me pregunto qué pasa con grandes héroes como fueron Lautaro, Michimalonco, Galvarino y Caupolicán. Qué sabe la gente de ellos, qué se les enseña a los niños. ¿Por qué hay una avenida Kennedy y no una Lautaro?".

Según Llancapán, antes la gente no hablaba mapudungún por vergüenza, mientras que ahora es el que no lo habla el que se siente avergonzado.

Inés Colimil sube las escaleras buscando algo: "Le voy a mostrar mi diccionario de mapudungún". Baja. Le pregunta a sus hijos. Se da un par de vueltas más y se sienta un poco frustrada. "Eran tres hojitas de internet donde salían varias palabras en mi idioma. Con eso practico yo y los niños. Pero no sé adónde quedaron".


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