Santiago de Chile, Miércoles 30 de Agosto de 2000

Los Ríos de la Vergüenza

Hay que invertir -¡y rápido!- en mejorar la deteriorada salud de los ríos chilenos. Científicos reconocen que tecnológicamente hoy todo es posible.
 

Por Pilar Espinosa

En el país quedan pocos ríos libres de contaminación. Cuando no son minerales como el boro o el arsénico, son los pesticidas, coliformes fecales o residuos industriales líquidos. Y no es todo. Generalmente sus riberas, que entregan con generosidad arena y ripio, reciben a cambio importantes cantidades de basura y chatarra.

Las causas: escasa reglamentación, mala gestión, poco control y menos educación. Cuando no es el hombre son los elementos químicos naturales, o ambos.

Hay que olvidarse de las aguas cristalinas, advierte la doctora Irma Vila, presidenta del Comité Nacional de Limnología. El diagnóstico que hace es preocupante porque los ríos no sólo son una masa de agua que corre superficialmente sino que un recurso natural, único, escaso y esencial para la vida.

El Maipo está podrido. Las plantas avícolas botan los desechos al río y se acumulan los restos de materiales de construcción. En el sector de la Isla, cerca de un camping, está el mayor basurero de neumáticos de Chile, dice la profesional. Reconoce un esfuerzo en la dictación de normas, pero la respuesta es lenta. Mientras, el país olvida que sale más caro descontaminar que tratar las aguas.

La extracción de ripio no regulada que altera las riberas provoca deforestación y la consiguiente erosión que convierte los cursos de agua en ríos de chocolate. El embalsamiento también agrava el problema al disminuir los caudales.

Para el doctor Oscar Parra, director del Centro Eula de la Universidad de Concepción, la mayor contaminación es la que originan las aguas servidas domésticas. Actualmente sólo el 10 por ciento de ellas son tratadas, dice. El resto se evacúa directamente a los ríos o a la zona costera, impactando a los cuerpos receptores, según la capacidad de dilución que tengan para asimilar esa carga. No es lo mismo contaminar el hilillo de agua del Loa, por largo que sea, que el Biobío, Itata o Maule.

TRISTES EJEMPLOS

Con apenas dos metros de ancho y treinta centímetros de profundidad, el río Lluta llega a Arica, ya contaminado. Leonardo Figueroa, académico de la Universidad de Tarapacá, explica que la polución se produce en forma natural, con diversos compuestos minerales. El principal de ellos es el boro, con una concentración que supera el límite máximo establecido en la única norma chilena que lo menciona.

La NCh 1333 establece una tolerancia oficial para aguas de riego de 0,75 mg/L (miligramos de boro por litro del agua) y en el agua del Lluta un valor promedio aproximado e histórico es de 10 mg/L. En cuanto a los efectos en el largo plazo, el docente reconoce que no existe suficiente información que permita asegurar un efecto inocuo o deletéreo - mortífero- en el ser humano. Distinto es en la agricultura, ya que en exceso resulta tóxico para ciertas especies.

El río Loa, que con sus 440 kilómetros de longitud es el más extenso de Chile, está afectado por graves procesos de contaminación natural y también, por más que Codelco lo niegue, según los especialistas, con residuos utilizados en la industria del cobre.

Un análisis científico detectó altas concentraciones de aproximadamente 70 elementos químicos en el cauce, entre ellos uranio, estroncio, molibdeno, zinc, estroncio, hierro, manganeso y arsénico. La concentración de arsénico fluctúa entre 1,3 y 6,2, mientras que la norma chilena es de 0,1.

En Temuco nada queda del ondulante y delicioso río al que se escapaba Neruda para meter los pies en el agua fría que corría sobre las piedras blancas. Era el Cautín del año 1910 cuando el poeta llegó de la mano de su padre ferroviario a la capital de La Frontera. Hoy hasta tiene su comité de defensa y un grupo de vecinos intenta impedir su colapso total con un recurso de protección en los tribunales para impedir la sobreexplotación.

Francisco Díaz, director regional de Aguas en La Araucanía, reconoce que la situación es preocupante y se requiere de un plan de manejo integral para recuperarlo. Las aguas servidas se lanzan a un cauce sin caudal suficiente para disolver la carga contaminante y sujeto a grandes variaciones, de 18 a 660 metros cúbicos, entre invierno y verano.

En el río Aconcagua la situación es peor. En sus 177 kilómetros de extensión recibe las descargas de 21 localidades donde viven unos 400 mil habitantes. Y esas mismas aguas abastecen más de 100 canales de regadío que cubren unas 90 mil hectáreas, de las cuales la mitad está destinada al cultivo de hortalizas que consumen millones de personas. También de ahí sale el agua que beben porteños y viñamarinos.

De acuerdo a las mediciones realizadas por el Servicio de Salud Viña del Mar-Quillota en la desembocadura del río, en Concón, las aguas presentan entre los 1.600 y 6.000 coliformes fecales por cada 100 centímetros cúbicos de agua, sobrepasando gravemente la norma internacional que establece niveles máximos de 1.000 coliformes.

Las posibilidades de sanear el Aconcagua existen. Claro que se requiere una inversión de US$20 millones anuales hasta el año 2010. Está en los planes de Esval y considera la construcción de plantas de tratamiento y de desinfección.

Otro río que presenta un aspecto desolador es el Biobío. Con un largo de 380 kilómetros desde su nacimiento en la cordillera hasta su desembocadura en el Golfo de Arauco, es un río multiuso. Abastece de agua potable a más de un millón de personas, permite la operación de plantas de celulosa, refinerías de petróleo, industria siderúrgica y el riego de miles de hectáreas. Tampoco se salva de ser el receptor de aguas servidas y residuos industriales líquidos.

Más al sur, investigadores de la Universidad Austral de Chile detectaron en el río Cruces, exceso de fósforo, nitrógeno, pesticidas y órgano clorado en el agua, compuestos originados principalmente por la actividad agrícola y las aguas servidas que arrojan las comunas ribereñas provocando la floración de algas y plantas acuáticas.

Para No Creerlo

Aunque cueste imaginar esos ríos turbios y malolientes convertidos en caudales aptos para el consumo, la recreación y el riego, en Chile, será posible verlos y disfrutarlos. Así lo asegura el doctor en ciencias ambientales Ricardo Barra, anticipando un descenso en los niveles de contaminación en los cursos de agua.

El problema más urgente hoy es el de la contaminación fecal y está tecnológicamente resuelto. Lo que se requiere son inversiones cuantiosas para enfrentarlo, argumento que se esgrime a favor de la privatización de las empresas sanitarias. Si atacamos este problema gran parte queda resuelto, dice el investigador, reconociendo un avance en el aprecio a nuestros ríos. Emblemático es el caso de Concepción, que históricamente vivió a espaldas del Biobío, al que empezó a mostrarle la cara con el Proyecto Ribera Norte. El profesor Barra desarrolla un proyecto de investigación, a tres años plazo, que tiene como propósito establecer una metodología que permita fiscalizar la calidad de agua para el riego. Como experiencia piloto se utiliza el río Chillán, contaminado por aguas servidas y descargas difusas derivadas de actividades agrícolas o forestales, que llegan de forma indirecta a corrientes de agua superficiales.

Son esas fuentes no puntuales, que no se sabe de dónde llegan, las que son mucho más complejas de manejar y resolver. El proyecto contempla un programa de monitoreo exhaustivo para desarrollar un modelo que se pueda aplicar a otras cuencas de la zona central con ríos que tienen un uso similar, para prevenir y controlar la contaminación difusa.

En Internet

Dirección General de Aguas
http://www.mop.cl/inter/dga/fundga.htm
Política Nacional de Aguas
http://www.mop.cl/inter/dga/politicas/
politicas.htm
Normas Ambientales
http://www.conama.cl/index.asp
Contaminación Río Cautín
http://www.iie.ufro.cl/wlink/lap/
anibal_pinto/contagua.htm


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