Centro de Documentación Mapuche Documentation Center
Domingo 14 de enero de 2001
El lugar sagrado más natural


 

 
 
Los mapuches, en viaje de vuelta a sus orígenes

Campos con olor a nafta
"Un paquete de castigo"

Encabezados por su lonko, Jerónimo Reyes, varios miembros de la comunidad Catrileu cruzan el puente sobre el lago Ñorquinco y pasan la tranquera de ingreso al Parque Nacional Lanín. Lleva vincha y chaleco tejido a mano, y al hombro, la bandera de la Nación Mapuche. Beatriz, su mujer, recoge flores y briznas de pasto.

Sara Gil (69) se apoya en una caña de quila para subir la empinada cuesta que lleva hacia el rewe. Es la segunda vez que regresan a pleno día desde agosto, cuando la Secretaría de Turismo de la Nación les franqueó el paso. "Algunos venían para la Navidad. También de noche, para desahumarlo, ponerle cosas, comidas", recuerdan.

El lugar sagrado, centro ceremonial y de la actividad comunitaria, es un descampado en forma circular, en medio de un bosque de araucarias que cortan la respiración. "Todavía está la senda de los caballos, de cuando se hacía el nguillatun —indica Sara—. A mí me trajeron una vez, pero todavía me acuerdo".

Fue hace más de medio siglo, antes de que los desalojara la Administración de Parques Nacionales. "Los bisabuelos mismos decían que ya venían corridos, de Bahía Blanca. Se fueron a Chile a salvar su vida", comenta Sara.

Sus recuerdos están dulcemente deformados por la nostalgia. "Mi papá contaba que antes de los huincas, las tierras eran del mapuche. Eran muy ricos porque no pagaban talaje. Decía que invierno y verano eran lo mismo: no nevaba", afirma Zelmira Likán (66). "Antes sembraban trigo, maíz, y no se helaba", confirma Beatriz. "Cuando estaba la población mapuche no se encendía nunca el bosque", asegura Sara.

En el centro del rewe se alza el chemamuil (muñeco de madera). Soles y nevadas le han agrietado el rostro, que mira hacia el Puel, la salida del Sol. La comunidad le calcula entre 80 y cien años. En fila, el grupo da tres vueltas a su alrededor, en sentido contrario al de las agujas del reloj, y se detiene de espaldas al tótem, frente al Sol. "Entrá con nosotros", invita Roberto Ñancucheo a la cronista. Se encienden cigarrillos. Se fuma apenas, reteniendo el humo.

Todos ruegan en silencio. Hasta que Beatriz deja su ofrenda de pasto y flores silvestres: "Señor, yo no sé hablar en lengua, pero queremos pedirte que nos devuelvan nuestras tierras".

Si se cumplen las promesas de la Secretaría de Turismo, de la que depende Parques Nacionales, algunas familias podrán volver pronto a vivir en sus antiguas tierras. Ñancucheo señala hacia el fondo del bosque: "¿Se imagina, doña Zelmira, cuando esté mirando el cerro desde lo alto?". 


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