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Mendoza, Argentina  Viernes, 9 de marzo de 2001
Opinión 
Todos somos talibanes


Por Juan F. Marguch

El escándalo mundial suscitado por la barbarie de los talibanes afganos, que están destruyendo obras maestras del arte budista, es una reacción perfectamente razonable, pues todo acto irracional -y éste lo es en grado sumo- empaña de pesimismo toda reflexión acerca del porvenir de la inteligencia humana.

Ahora bien, la iconoclastia es una desdichada constante en la historia de nuestra especie. Desde la lejana antigüedad a nuestros días se extiende una línea negra de actos brutales contra los símbolos de la fe del otro. No hay pueblo vencedor que no haya escarnecido lo más sagrado del pueblo vencido, y en el seno mismo de cada sociedad las luchas fratricidas se han despeñado casi inexorablemente en abominables vejaciones a las obras de arte, sobre todo a los objetos de culto.

La historia de Gengis Khan, Tamerlán, Atila y otros grandes guerreros del pasado es la historia de destrucciones sistemáticas. Alejandro el Magno y Solimán demostraron poseer una tolerancia que les hace grandes a una escala casi sobrehumana, cuando se les compara con aquellos conquistadores del pasado. Los católicos europeos que participaron de las Cruzadas (10 expediciones militares a Tierra Santa entre 1096 y 1272) destruyeron mezquitas y quemaron ediciones valiosísimas del Corán e infinidad de tratados científicos y filosóficos.

Barbarie incomprensible

Quizá, forzando hacia la ignorancia los límites de la inteligencia más elemental, pueda comprenderse la devastación de las señas espirituales y culturales de pueblos vencidos. Pero que dentro de una misma fe, o de religiones que tienen un origen común, se produzcan inconcebibles actos de barbarie, resulta difícilmente comprensible. En el seno del Imperio Bizantino, por entonces la civilización más refinada del mundo, la lucha fratricida entre iconoclastas e iconófilos, que se extendió entre los siglos VIII y IX) supuso la pérdida de maravillas irreemplazables del arte religioso. Las crueles guerras de religión que ensangrentaron Francia y Suiza entre 1562 y 1598 costaron un elevado precio en obras de artes religiosas de católicos y hugonotes. La Guerra de los Treinta Años (1618/1648), una de cuyas causas fue la disputa religiosa surgida con la Reforma protestante, devastó la mayoría de los pueblos de Europa Central y tuvo también su altísimo precio de iconoclastias: los talibanes hubiesen podido aprender mucho de alemanes y bohemios en materia de destrucción de objetos de culto religioso.

Por ese tiempo, los españoles estaban en la etapa final de su despiadada campaña de destrucción en el continente americano de las culturas azteca, maya e inca, mientras los portugueses hacían lo suyo en las culturas aborígenes del litoral atlántico de lo que hoy es el Brasil. Las ruinas y los templos mutilados que han perdurado hasta nuestros días en México, Guatemala y Perú no son el resultado del paso abrasivo del tiempo sino del fanatismo del hombre. (Durante la Revolución Mexicana (1910-1917) fueron los templos e imaginería católicos los que pagaron las cuentas del fanatismo).

A su vez, los florentinos, que habían caído bajo el poder del monje Girolamo Savonarola (1452-1498), padecieron la destrucción de irreemplazables obras de arte a manos de los piagnoni, los secuaces del fraile lanzados a purificar la vida de su bella ciudad (o sea, eran los talibanes de aquellos años). Sandro Botticelli y Piero Della Francesa, entre otros, atemorizados por la represión moralizadora, vieron hacerse cenizas pinturas de excepcional valor artístico, y abundaron los mármoles despedazados y los bronces vueltos a fundir. (Cuando los italianos conquistaron lo que hoy es Libia, Etiopía, Eritrea y Somalia no se contuvieron a la hora de escarnecer los preciosos objetos de culto de los nativos).

Mas acá en el tiempo

Los ingleses, que en el siglo 19 construyeron uno de los imperios más grandes de la historia, también hicieron su aporte a la causa de la barbarie, y lo hicieron en sus numerosas colonias de Africa y en Asia. Su imperialismo religioso fue el correlato inevitable de su imperialismo económico y político. A veces se daba exactamente lo contrario: primero arribaban los misioneros y luego los comerciantes y finalmente los militares, pero al menos tuvieron el common sense de no destruir por completo lo que no profesaban.

Los belgas aportaron su cuota de integrismo en el Congo (donde durante el reinado de Leopoldo II mataron entre seis y ocho millones de congoleños, genocidio que no suele recordarse, probablemente porque los muertos eran negros); y los rusos, en la euforia revolucionaria del 1917, transformaron los templos en graneros o depósitos de tractores, previa destrucción de imágenes religiosas y encalado de frescos de superlativa belleza. Tenían una buena escuela, pues durante la expansión del imperio bajo los zares, rusificaron por la violencia las culturas de decenas de etnias, cuyas señas de identidad espiritual aniquilaron metódicamente.

Durante la Guerra Civil Española, los republicanos españoles y milicianos de las brigadas internacionales, provenientes de países adalides de la civilización occidental, “fusilaron” crucifijos, decapitaron estatuas de santos y santas, vejaron reliquias y quemaron bibliotecas enteras de conventos, donde se guardaban manuscritos e incunables de incalculable valor artístico. Los alemanes, inmersos en la barbarie nazi, destruyeron sinagogas en toda Alemania (a su turno, los judíos, ya existente el Estado de Israel, incendiaron la histórica mezquita de Al-Aksa). Cuando las hordas nazis prolongaron hacia el este europeo el imperio de Hitler diseminaron incendios y destrucciones sistemáticas de sedes dedicadas a cultos y arte religiosos en Polonia, Ucrania, Rusia, repitiendo los actos bárbaros perpetrados siglos antes por los Caballeros Teutónicos en Finlandia, Lituania y gran parte de la cuenca del Báltico.

Los templos y obras de arte sacro y profano destruidas por los británicos y los estadounidenses cuando bombardearon y arrasaron innecesariamente la ciudad alemana de Dresde (13 al 16 de febrero de 1945) constituyen una pérdida absolutamente irreparable para la civilización. En la Era Contemporánea, pocos pueblos igualan la barbarie perpetrada por los japoneses en China, Corea, Birmania e Indochina. Esta península del sudeste asiático padecería en Camboya, en los años ’70 del siglo pasado, la alucinante vesanía de los jemeres rojos que aniquilaron toda manifestación de arte religioso, con la eufórica complacencia de la misma progresía occidental que ahora se escandaliza por la barbarie talibán. Ni hablar de las destrucciones sistemáticas consumadas por los serbios en sus atroces campañas de limpieza étnica en Bosnia-Herzegovina, Croacia y Kosovo.

El indigenismo argentino

¿Y los argentinos, qué? Los diaguitas, los calchaquíes, los capayanes, los lules, los huarpes, los sanavirones, los matacos, los guaycurúes, los pehuenches, los araucanos, ¿eran tan espiritualmente indigentes que carecían de dioses y demonios? ¿Fueron tan prójimos de los primates que no tuvieron noción alguna de fuerzas supranaturales? Y, si las tuvieron, ¿dónde están las representaciones de ellas? ¿Qué se hicieron? ¿Desaparecieron simplemente por la erosión del tiempo o fueron barridas por el talibanismo civilizador y catequístico de los conquistadores españoles y sus sucesores argentinos?

¿Qué región del mundo está limpia de barbarie iconoclasta? Barbarie, barbarie en todo tiempo y por doquier. Es imperioso reiterar una y otra vez la palabra barbarie, porque un calificativo como bestial no cuadraría: las bestias carecen de la insondable capacidad de bajeza de la especie humana.

Desde las primeras escrituras de la humanidad (desde la cerámica cuneiforme y los papiros) a la informática actual, nada iguala la repugnante riqueza de testimonios de la irracionalidad del hombre, su desprecio y su odio por la fe del prójimo y por la belleza distinta que ese hombre puede crear cuando su espíritu se ilumina de trascendencia.

Lo que debe apenar hoy, en el inicio del siglo XXI, no es tanto la decapitación de las monumentales estatuas de Buda sino la evidencia de que las peores pulsiones del ser humano -la intolerancia, el odio, la barbarie; sí, la barbarie- no han padecido mengua a lo largo de los siglos. Mantienen intactas sus fuerzas perversas desde el fatal instante en que el primer hombre que se creyó único destinatario de la bendición de un ser supremo y dueño excluyente de la verdad aniquiló al primer hombre que osó seguir un camino interior distinto.