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2011-12-25 | Documentos de Trabajo | Puelmapu

Negocios y aprietes de uno de los due√Īos de La Patagonia

La doble cara de Benetton

Publicita desde sus empresas el combate a la intolerancia, pero el magnate es amo y se√Īor de un pueblo de Chubut. La investigaci√≥n que revela el plan para desalojar familias mapuches mientras se apropia de r√≠os, rutas y tierras.


Foto: Revista El Guardian
La Patagonia tiene esas cosas: peque√Īas historias fant√°sticas de bosques habitados por duendes, relatos m√°s l√ļdicos como el de la llegada de los hippies a El Bols√≥n, gestas heroicas como la de los galeses en las costas de Gaiman y situaciones ins√≥litas como la de este pueblo que no puede crecer sin pedir permiso a los hermanos Benetton, reyes de la tierra en la Argentina, con un mill√≥n de hect√°reas adquiridas en 1991 a tres familias de la burgues√≠a ganadera nacional.

Entre 2005 y 2011 hice por lo menos siete viajes a esa localidad que parece haber sido abandonada en el medio dela estepa. La primera vez que visit√© El Mait√©n fui guiado por el presidente de la Compa√Ī√≠a de Tierras del Sud Argentino Limitado, Diego Perazzo, es decir, el hombre que administraba y conduc√≠a los negocios agropecuarios de Benetton en el pa√≠s. Entonces pude descubrir c√≥mo operaban los italianos sobre la inmensidad de la planicie austral. Perazzo no quer√≠a referirse al conflicto que la Compa√Ī√≠a de Tierras manten√≠a con la comunidad mapuche Curi√Īanco Nahuelquir por el control de un predio de 535 hect√°reas, el predio Santa Rosa. Pero s√≠ quer√≠a hablar sobre sus niveles de producci√≥n, sofisticados y de primer mundo.

Ese mill√≥n de hect√°reas compradas por ochenta millones de d√≥lares en el amanecer del menemismo estaban repartidas en varias estancias ubicadas en las provincias de Santa Cruz, Chubut, R√≠o Negro y, en muy menor medida, Buenos Aires. Los nombres de cada una eran C√≥ndor, Coronel, Leleque, El Mait√©n, Pilca√Īeu y Santa Marta.

En ellas, me mostraba Perazzo, estaban las ovejas de las que obten√≠an la lana de mejor densidad posible para confeccionar luego sus prendas en otra parte del mundo. Hab√≠an refinado de tal forma los procedimientos que solo contaban con la mano de obra necesaria para llevarlos adelante y los m√°rgenes de rentabilidad eran √≥ptimos. Con la inversi√≥n patag√≥nica, Benetton hab√≠a conseguido lo que muy pocas industrias logran: integrar todas las etapas de la cadena de producci√≥n. Engordaban los animales, los esquilaban, obten√≠an la lana, la enviaban a los secaderos de las ciudades de Rawson y Trelew, despachaban la materia prima a T√ļnez y Rumania, donde confeccionaban las prendas con costureros de bajo costo, y finalmente distribu√≠an sus productos de calidad en los comercios United Colors of Benetton en todo el mundo. El otro gran negocio lo hac√≠an con la madera. (...)

(...) Toda esa cadena de emprendimientos productivos, naturalmente, se administra desde Buenos Aires. Pero la base operativa desde donde se controla y organiza es la estancia El Maitén. Se trata de un campo de 123 000 hectáreas, ubicado a 130 kilómetros de Esquel, a 170 de Bariloche y a 60 de El Bolsón. Cuenta con un casco principal de estilo inglés y dos secciones llamadas La Burrada y Fitirihuin.(...)

(¬Ö) Siguiendo el p√°lpito de que conven√≠a comprar ovejas y tierras cuando todo el mundo las vend√≠a, los Benetton desembarcaron en El Mait√©n y comenzaron a operar con estilo benefactor. Sab√≠an de producci√≥n agropecuaria, y eso no representaba un inconveniente, pero el gran tema era la construcci√≥n de una imagen de buen vecino, de buen patr√≥n ¬Ėya que casi todos en El Mait√©n viv√≠an directa o indirectamente del funcionamiento de la estancia¬Ė y de buen actor pol√≠tico: hasta el intendente del pueblo fue empleado de esos campos. Apostaron a la inversi√≥n social: reciclaron el gimnasio principal, convirti√©ndolo en un mega complejo deportivo, construyeron escuelas de todos los tama√Īos, bibliotecas, comedores escolares, establecieron un v√≠nculo con la Polic√≠a que consist√≠a en abastecerlos de insumos y alimentos, cuando los insumos y los alimentos escaseaban, construyeron destacamentos de bomberos y realizaron cuanta donaci√≥n estuvo al alcance de su largo y poderoso brazo ejecutor.

Pero ese altruismo no era gratuito. A cambio de esos favores deb√≠an existir canales abiertos con los funcionarios locales para resolver los temas inmediatos de la CTSA. A mediados de los a√Īos 90, con la Argentina camino a la debacle, con la industria pr√°cticamente fundida y el desempleo en aumento, el poder de Benetton en El Mait√©n era cada vez mayor. La Compa√Ī√≠a de Tierras era, por entonces, la √ļnica instituci√≥n capaz de dar trabajo y con respaldo financiero para resistir a la recesi√≥n, y la √ļnica usina que produc√≠a alg√ļn movimiento econ√≥mico en la zona. (¬Ö)

(...) Hab√≠a otra cuesti√≥n central. Por la disposici√≥n de la estancia, el pueblo no pod√≠a crecer sin pedir permiso a la Compa√Ī√≠a, ya que se encontraba arrinconado contra la ruta y los campos del magnate. Esa situaci√≥n era clave porque Benetton era due√Īo de tierra productiva y tambi√©n de hect√°reas sin uso con las que a√Īos m√°s adelante terminar√≠a haciendo negocios.

Por esa línea viene ahora el relato de Mauricio Espina, docente a cargo de la Biblioteca Popular El Maitén, donación de los italianos. No llegamos a Espina porque alguien nos dijo que teníamos que hablar con él. Llegamos por pálpito, el mediodía siguiente a nuestro arribo. Estábamos dando vueltas por la localidad, tratando de entender sus formas y sus límites, y se nos ocurrió detenernos en la biblioteca. Un maestro siempre es una fuente. Y un bibliotecario también.

Espina estaba acompa√Īado por un docente, que ya hab√≠a cumplido su horario de trabajo y marchaba a su casa despu√©s de una jornada de clases. Nos invit√≥ a pasar, prepar√≥ mates y nos pregunt√≥ qu√© and√°bamos haciendo. Pronto est√°bamos hablando de Benetton y de la forma en que la Compa√Ī√≠a operaba sobre la poblaci√≥n local. Espina ¬Ėde tez canela, petiso, cabez√≥n, de voz pausada y clara¬Ė se nos revelaba como un personaje combativo, a pesar de que estaba trabajando en un edificio que hab√≠a sido √≠ntegramente donado por el grupo italiano. No ten√≠a miedo a nada, porque sencillamente no hab√≠a nada que temer.

¬ĖEsto fue siempre as√≠. Ellos donaron la totalidad de la biblioteca y con eso obtienen un salvoconducto para todo lo dem√°s. Donan por ac√°, piden por all√°. Por ejemplo, a la Polic√≠a le llevan la carne y se garantizan m√°s custodia y protecci√≥n frente a hechos de robo de ganado. Tambi√©n construyeron el gimnasio del pueblo y entonces consiguen alguna concesi√≥n de la municipalidad. No hay que olvidar que Benetton sigue todav√≠a midiendo sus campos porque sus superficies no est√°n del todo claras. Siempre necesitan mensurar algo m√°s. Y por ejemplo, cortar una ruta. Porque como sus campos llegan hasta cierto punto geogr√°fico, negocian con el gobierno y deciden todo.

Espina fue llegando a una historia que ilustra con precisión por qué Benetton es la ley en esa zona de la Argentina donde los alcances de la ley son relativos.

Dos a√Īos atr√°s, la Coalici√≥n C√≠vica hab√≠a pedido al gobierno de la provincia de Chubut que explicara los motivos por los que el grupo italiano Benetton se hab√≠a apropiado de un tramo de quince kil√≥metros de una carretera provincial. Es decir, por qu√© Benetton hab√≠a cerrado una ruta, dejando a los pobladores con una v√≠a de salida menos para el pueblo. (¬Ö)

Seg√ļn la denuncia, los Benetton se apropiaron del √ļltimo tramo de la ruta provincial 4, prohibiendo el acceso de particulares al r√≠o Chubut y al pueblo El Mait√©n.

Los diputados enriquecieron su presentación con un video en el que mostraban imágenes de unos chicos andando en bicicleta por la zona hasta que se topaban con el alambrado que la multinacional colocó en el perímetro de una parte del río al que desde ese momento se le llamaba irónicamente río Benetton.

Ahora el viento nos golpeaba, pero peor era no poder pasar. Est√°bamos detenidos frente al r√≠o Benetton y el alambrado hom√≥nimo, con el amigo Espina como gu√≠a de lujo. La ruta, pod√≠amos palparlo, estaba definitivamente cortada. Un camino que no lleva a ning√ļn lado es la met√°fora mejor lograda de la impotencia: un corte bruto que desemboca en cierta idea del poder aplicado a gusto y sin l√≠mites. Mauricio Espina caminaba de un lado a otro, cruzaba la ruta, iba y ven√≠a, explicando que un d√≠a fue as√≠, que aparecieron los alambrados, y si El Mait√©n ten√≠a dos salidas, ya no. Espina volv√≠a de nuevo hasta los alambrados. Miraba hacia el infinito. Respiraba. Se indignaba. No pod√≠a comprenderlo. Advertimos que desde lejos nos estaban observando. Le dijimos a Espina:

¬ĖNos est√°n mirando desde aquella casa.

¬ĖEso es un puesto de Benetton. Pero no van a venir. Porque no act√ļan as√≠. No van a decirnos nada a nosotros. En todo caso, van a dar aviso a la Polic√≠a y ellos vendr√°n a preguntarnos qu√© estamos haciendo. Porque toda la Polic√≠a ac√° est√° a disposici√≥n de ellos, a cambio de los sesenta kilos de carne que le dan por mes a cada efectivo.

¬ĖY este camino, entonces, ¬Ņpor qu√© fue cortado?

¬ĖSe presume que fue un intercambio entre el gobierno de Chubut y la CTSA. Como el Estado necesitaba un pedazo de tierras de las estancias de Benetton para completar un tramo de asfalto de la ruta 40, los italianos le dijeron OK, es tuyo, pero cerrame esta ruta, que por ah√≠ se me escapan el agua y el ganado. Desde luego que pudo haber sobornos.

Espina hacía catarsis. Parecía haber encontrado dos personas que por vez primera le regalaban todo el tiempo posible para escuchar sus ideas acerca de una situación que le tocaba vivir y que le producía indignación. Siguió:

¬Ė¬ŅUstedes creen que alguna vez m√°s vinieron a preguntar si la biblioteca necesitaba algo? No les interesa¬Ö

Espina hizo un silencio largo, volvió a ir y venir de un lado a otro de la banquina, y agregó:

¬ĖAc√° hay un tema de fondo mucho m√°s delicado del que nadie habla: ese tema es el agua. Hoy hablamos de la tierra, pero ac√° el asunto es el agua y Benetton ya controla los canales de riego y el discurrir del r√≠o que utiliza toda la localidad. El Mait√©n, definitivamente, es de Benetton.

Ya fue dicho: en este pueblo de bordes comprados todos trabajaron alguna vez para el gran patrón y ahora lo íbamos comprendiendo. En una de nuestras paradas, el dirigente indígena Mauro Millán, desde un estudio de radio de El Maitén, lo había ilustrado:

¬ĖTodos trabajaron ac√° para la Compa√Ī√≠a. Benetton tiene m√°s capacidad de control que el propio Estado. Una cuesti√≥n que se intensific√≥ cuando comenz√≥ el conflicto con los mapuches. Todos tienen un pasado en com√ļn con la Compa√Ī√≠a. Hasta mi propia madre trabaj√≥ en la Compa√Ī√≠a. Pero eso, ¬Ņqu√© significa? Que desde hace mucho tiempo en esta zona la gente viene dependiendo del latifundio.

Dar vueltas, una idea interesante para el tiempo muerto entre cada una de las entrevistas pautadas. Observar las caras, conversar con esa chica que nos atendi√≥ durante el almuerzo en uno de los dos salones abiertos para comer. El d√≠a con Espina hab√≠a sido productivo y con tiempo de sobra¬Ėeran las cuatro de la tarde¬Ė; le propuse un juego a Maldavsky: comprobar hasta qu√© punto era cierto aquello de que todos hab√≠an trabajado alguna vez para Benetton.

Detuvimos el auto en la primera casa que apareci√≥ y otra vez el viento, los perros y la mirada de unos ni√Īos montados en viejas bicicletas nos acompa√Īaron, en una bienvenida silenciosa pero evidente. Golpeamos en esa casa de cuatro paredes y poco m√°s, donde un hombre pasaba el tiempo sentado con la mirada hacia abajo, en una banqueta, junto a la puerta de entrada.

¬ĖS√≠ ¬Ėfue lo primero que nos dijo el gaucho de piel reseca, cara chupada, voz baja, ya los a√Īos entrados¬Ė. Alfonso Huenilao¬Ėse present√≥¬Ė, a sus √≥rdenes.

Después Huenilao recordó que con los ingleses era mejor, que había bife y asado y se compartía más, y que cuando llegaron los Benetton todo se puso más áspero y se acabó hasta el café.

¬ĖSe termin√≥ todo ¬Ėdijo¬Ė, no hubo m√°s asado, no hubo caf√©. Hab√≠a que esperar hasta el mediod√≠a para poder comer. Se termin√≥ todo. Aparte que cuando estaban los ingleses hab√≠a mucho personal y despu√©s cuando vinieron estos Benetton, eliminaron mucho personal. Quedaron pocos.

Cuando los Benetton llegaron al Sur, en la Patagonia conquistada comenzó el tiempo del corporativismo. Con todo lo que ello implica.

La hora del gigante

Varios meses antes de que comenzara a discutirse la ley de tierras en la Argentina, el lunes 1¬ļ de marzo de 2011, una noticia inesperada modific√≥ mi plan de trabajo. Pero eso pod√≠a remediarse. Lo que realmente se complicaba era la situaci√≥n de los integrantes de la comunidad mapuche Santa Rosa, Atilio Curi√Īanco y Rosa Nahuelquir.

Ese día, en un fallo que contempló todas las variantes del derecho civil, pero ninguna del derecho aborigen, el juez Omar Magallanes, titular del juzgado de ejecución de Esquel, fijó un plazo de diez jornadas para que la comunidad Santa Rosa Leleque desalojara el predio de 535 hectáreas por el que mantenía una disputa con el grupo italiano Benetton. (...)

(...) El conflicto jur√≠dico entre los mapuches y la familia italiana nunca se hab√≠a detenido, pero hab√≠a perdido intensidad medi√°tica y, a pesar de que continuaba rodando sin pausa sobre los lentos engranajes de la justicia de Chubut, para los medios de comunicaci√≥n, tiranos a la hora de elegir qu√© es noticia y qu√© no, hab√≠a perdido inter√©s. Salvo honrosas excepciones ¬Ėcomo el caso del diario P√°gina/12 que, a trav√©s del cronista Dar√≠o Aranda, siempre se ocup√≥ de la historia como lo hace tambi√©n con todo lo vinculado a la megaminer√≠a¬Ė, a nadie le interesaba ya consignar lo que acontec√≠a m√°s all√° del kil√≥metro 2300 de la ruta nacional 40. Ese reclamo mapuche es por el 0, 05% del total de la tierra que Benetton posee en la Argentina.

La realidad, ahora, volv√≠a a golpear duro. Aunque, al menos en la zona, se ve√≠a venir. A fines de 2010, los abogados de la comunidad Santa Rosa Leleque hab√≠an presentado un recurso de casaci√≥n y otro de inconstitucionalidad con el objetivo de que la Justicia se pronunciara por la suspensi√≥n del juicio. Por su parte, el abogado de la compa√Ī√≠a, Mart√≠n Iturburu Moneff, hab√≠a presentado un interdicto para recuperar la posesi√≥n. Se esperaba que una vez concluida la feria judicial de enero, el Tribunal expresara su parecer sobre la cuesti√≥n. Pero la corporaci√≥n cont√≥ con apoyos extra.

A principios de febrero los estancieros de Chubut iniciaron una campa√Īa p√ļblica y medi√°tica contra las comunidades Mapuche-Tehuelche que, al igual que Santa Rosa, tambi√©n hab√≠an recuperado tierras. Los terratenientes exig√≠an a la Justicia, a trav√©s de diarios y radios, tener en cuenta el sagrado derecho civil: la propiedad privada.(¬Ö)

(...) Mientras tanto, Rosa Nahuelquir ya no dormía tranquila: escuchaba noticias alarmantes a través de la radio y percibía que algo malo podía suceder.

La historia, esa lucha de David contra Goliat, lleva casi diez a√Īos: una d√©cada de resistencia, desencuentros, injusticia y construcci√≥n de identidad. Rosa y Atilio ya no son los mismos. Quienes los rodean tampoco. Ahora los observo, mientras tomamos mate en la casa que han levantado frente a los campos de Benetton, y adivino en ellos las marcas del paso del tiempo, las huellas que el compromiso ha dejado en sus rostros y en sus formas de expresarse. Los conoc√≠ en 2005, en su casa de mamposter√≠a de las afueras de Esquel, donde se las arreglaban como pod√≠an para subsistir a duras penas. Por aquel entonces, la historia hab√≠a alcanzado sus ribetes m√°s duros y dram√°ticos. Se hab√≠a producido la primera recuperaci√≥n del predio, la que les hizo ganar fama mundial, y ese proceso hab√≠a desembocado en el primer desalojo: un destierro violento llevado adelante por las fuerzas policiales locales.

Después había ocurrido el suceso extraordinario. Aquel viaje a Roma para una reunión cara a cara con Luciano Benetton. El encuentro, que había sido promovido por el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, resultó un fracaso.

El magnate ofreci√≥ tierras en otro sitio, un oasis en medio de la meseta chubutense llamado ¬ďPiedra Parada¬Ē. Pero los mapuches lo rechazaron: el reclamo era por Santa Rosa y no por otro lugar. El di√°logo se fractur√≥ y la cumbre de Roma qued√≥ reducida a una an√©cdota est√©ril y sin frutos. El viaje hab√≠a servido para poner el conflicto en la primera plana de todos los diarios del mundo y en ese sentido el que perd√≠a era Benetton. Pero los mapuches tampoco consiguieron aquello que fueron a buscar y se volvieron con las manos vac√≠as. El empate no le conven√≠a a nadie.

Rosa y Atilio me contaron en primera persona toda aquella experiencia que había servido para muy poco. Me mostraron el álbum fotográfico de aquella gira y los videos registrados durante los encuentros posteriores a la cumbre, con organizaciones sociales del Viejo Mundo.

Sin embargo, se sentían incompletos. Habían perdido la batalla y parecía no haber vuelta atrás. Con esa idea, dejé la casa de aquella gente y hasta ahí llegué con el relato a la hora de cerrar la primera parte de mi investigación sobre el caso.

La lucha, sin embargo, promet√≠a nuevas escalas. Poco m√°s de un a√Īo despu√©s, los mapuches hicieron valer aquella condici√≥n que los describe como pueblo fuerte y guerrero. Apoyados por grupos militantes de la regi√≥n y, sobre todo, por miembros de otras comunidades procedentes de R√≠o Negro, Neuqu√©n y Chile, Rosa y Atilio volvieron a Santa Rosa.

No tocaron un solo alambrado ni rompieron tranqueras. No llevaron adelante ninguna acción violenta que hubiera dado pie para que los acusaran de vandalismo e intromisión.

Una bandera mapuche se levant√≥ la ma√Īana del 14 de febrero de 2007 en el territorio recuperado y entonces comenz√≥ otra etapa en esta larga lucha reivindicativa.

Esta vez, la comunidad operó con audacia y velocidad, siguiendo al pie de la letra la receta escrita por sus asesores legales.
Levantaron una ruca (casa) rápidamente, mientras sus abogados hacían valer los recursos que ahora estaban a su alcance. Principalmente, la ley 26 160 de emergencia indígena.

Los abogados de la Compa√Ī√≠a de Tierras del Sud Argentino Limitado no respondieron, esta vez, con ferocidad. Se vieron, inesperadamente, en una encrucijada jur√≠dica. El gobierno provincial tampoco actu√≥. Se garantiz√≥ que no habr√≠a violencia ni destierro y que los mapuches podr√≠an seguir all√≠ mientras se resolviera ese conflicto sin s√≠ntesis, sin conciliaci√≥n posible ni aparente.

Una cierta prosperidad, una calma superficial, dio lugar a un tiempo sin sobresaltos, y la vida se organiz√≥ en Santa Rosa. La comunidad se consolid√≥ sobre el territorio ancestral: volvieron los animales y las actividades de subsistencia. Atilio levant√≥ un galp√≥n para que durmieran sus ovejas y un invernadero m√°s lejos, detr√°s de la caba√Īa principal. La ausencia de luz el√©ctrica sigui√≥ siendo una complicaci√≥n, pero a pesar de eso se las fueron arreglando para organizar las tareas. Sobre los cercos del predio se colgaron dos extensas banderas color verde que todav√≠a proclaman ¬ďFuera Benetton. Territorio Mapuche Recuperado¬Ē. As√≠ llegamos hasta nuestros d√≠as.

Gonzalo S√°nchez / Revista El Guardian Periodista, autor de La Patagonia perdida y La Patagonia Vendida

Por Redacciůn | Fuente: Foro Escandinavo por los Derechos de los Pueblos IndŪgenas

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