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2012-12-04 | Cultura | Mapuche

La mujer que rescata el Mapu dungun

No hablaba bien el mapudungun, pero lo entendía bien. Y eso le bastó para atreverse a enseñarlo. Hoy, a los 60 años, ya es una lengua que maneja a la perfección y la transmite a los niños de un colegio de Lo Prado. A través de cuentos, cantos, bailes, poesías y juegos intenta así rescatar la cultura mapuche. "Si nosotros los mapuches no luchamos para que permanezca viva la lengua, éste va a ser un pueblo muerto", dice.
Por Tania Araya. Fotografías: Sergio López I.




-Marri marri pichikeche (Buenos días, niños) -dice Elba Huinca con las manos sobre la parte baja de su delantal azul marino.

-Marri marri palú (tía) -responden a coro los alumnos del segundo básico. Algunos se paran para saludar con los brazos arriba, otros no paran de repetir marri marri y los de adelante esperan callados con los ojos muy abiertos, como si algo extraordinario estuviera por ocurrir.

Elba Huinca, de estatura baja, piel morena, ojos y pelo negro, 60 años, mapuche hasta los huesos, parece una mujer seria y parca en primera instancia. Observa los cultrunes (instrumento de percusión mapuche) hechos con platos plásticos, una media y cola fría, que la profesora jefe puso sobre algunas mesas. Agarra uno con ambas manos; sus labios dibujan una sonrisa.

-Niños, miren lo que vamos a aprender.

Elba se detiene un segundo esperando captar la atención de todos.

-Éste es el cultrún de la machi. Nosotros tuvimos que hacer uno propio para poder tenerlo y aprenderlo. Ahora, ustedes no van a escribir nada, sino que van a retener todo en su cabeza -dice, y saca un plumón de pizarra.

Silencio en la sala del segundo básico del Colegio Municipal Mustafá Kemal Ataturk, en Lo Prado.

A Elba le gusta que sus alumnos participen, que miren y aprendan de sus dibujos, que escuchen sus cuentos, que canten sus canciones, que bailen sus bailes. No que los anoten y guarden el cuaderno en el estante del olvido. Quiere transmitirles su cultura y lenguaje, pero que todo lo archiven en su memoria, tal como lo hizo ella cuando era niña. La cultura de sus orígenes

Elba nació en Santiago, pero a los cuatro años se fue con sus padres y su hermana, de cinco años, a Nueva Imperial, IX región. Primero vivió en la casa de su abuelo paterno, en la comunidad de Imperialito. Sus padres salían a trabajar la tierra y las niñas se quedaban en la ruca a cargo de su abuela, quien sólo les hablaba en mapudungun. Elba, que apenas sabía del idioma, tuvo que aprender obligatoriamente, y de a poco fue entendiendo lo que su abuela quería decirle, o más bien ordenarle. Pero Elba nunca le respondió a su abuela en el mismo idioma.

Más tarde, sus padres construyeron su propia ruca en el mismo sector. Era de paja, pequeña, con una división donde estaban las camas, el fogón, y los cántaros de agua. Las niñas iban al colegio, ayudaban en la casa y en ocasiones se subían a la carreta tirada por los bueyes y acompañaban a sus padres a trabajar en el campo. Ahí, Elba escuchaba a su madre orar: sentada o mientras caminaba, hablaba con la naturaleza, pedía y agradecía.

-Nadie me enseñó, nunca me contaron historias. Uno aprende viendo, viviéndolo. Todo eso yo lo fui reteniendo aquí -dice hoy con el dedo índice apuntando su sien.

Recuerda con detalle varios sucesos de su niñez y cuenta cómo se fue empapando de la cultura de sus ascendientes. Recuerda la ceremonia anual que se hacía después de la cosecha. Recuerda a la comunidad junta para dar gracias al Ngenechen (Dios), los cultivos, el altar, la machi en trance, los bailes, el cultrún, las rogativas, las gracias y te pido. Recuerda el guillatún como si estuviera pasando en ese momento.

Cuando Elba tenía ocho años, sus padres se separaron y ella tuvo que irse con su madre -sin su hermana- y poco más que una carreta a la casa de su abuela, a una hora de Imperialito. Tiempo después, su madre falleció. La tarde misma del velorio, tuvo que partir donde su padre.

-Mi hermana llegó al velorio y mi abuelita nos dijo que nos fuéramos de vuelta donde mi papá. Ese día caminamos diez horas sin parar, porque el camino hasta su casa era largo. Mi papá no fue al entierro -recuerda.

Él tenía otra mujer, con la que después tuvo nueve hijos.

Las niñas no se llevaban bien con la madrastra y la hermana de Elba se fue a vivir a Santiago cuando tenía apenas doce años. De esos tiempos, Elba no guarda muy buenos recuerdos:

-Lo pasé muy mal con mi madrastra, porque me pegaba. Nos obligaba a hacer las cosas de la casa. Por ejemplo, tenía que ir a lavar al río la ropa de los hermanos chicos recién nacidos, que era ropa vieja que no se usaba. Y cuando no lo hacía, ella me pegaba.

A los 15 años, Elba se fue a Santiago a juntarse con su hermana. Trabajó de niñera en la comuna de Las Condes y su jefa la ayudó para que estudiara (sólo tenía quinto básico).

A los 22 años se casó y tuvo cuatro hijos. Trabajó en una panadería y luego en una tienda que confeccionaba ropa de niñas, donde se convirtió en la jefa del taller. A fines de los 70 postuló para una vivienda en la calle Dorsal, donde vive hasta el día de hoy.

Para entonces los sueños de Elba se relacionaban con el emprendimiento, comprar sus propias máquinas de coser para hacer ropa de manera independiente. Pero todo su esquema cambió poco después de que volvió la democracia al país, cuando aparecieron nuevas oportunidades para los pueblos originarios. Volver al mapudungun

Elba dibuja un círculo en el pizarrón que simboliza la tierra. "Parece un huevo", dice un niño con lentes. La profesora jefe, Olga Márquez, lo hace callar. Elba pide a los niños que le indiquen dónde está el centro del círculo, y esboza una pequeña circunferencia. Ahí dibuja unos puntos; uno por cada persona en la sala.

-Estamos todos aquí en el centro, en el equilibrio -dice. Luego divide el círculo en dos mitades y delinea en las intersecciones.

-Tenemos en el pizarrón el...

-¡Cultrún! -gritan los niños a coro, como si se fuera a acabar el mundo.

El esbozo de la pizarra es muy parecido al colgante redondo que lleva Elba en el cuello. En él hay una luna que se repite en la forma de sus aros.

Elba dibuja una estrella, el antu (sol) y el pillén.

-¿Qué es el pillén? -pregunta.

- ¡La Luna! -vuelven a exclamar todos al unísono.

Después de eso es difícil mantener la atención de los niños, algunos empiezan a gritar nombres en mapudungun, otros no pueden evitar agarrar el lápiz y golpear el cultrún. La bulla aumenta en el segundo básico, pero Elba, a pesar de que aún no tiene el título de profesora, se maneja bien, está tranquila. Pide silencio. Escribe los puntos cardinales y las estaciones del año en el idioma mapuche.

-Así vamos a mirar al cultrún, y vamos a entender por qué tiene estos motivos.

Silencio. Bulla. Silencio.

En 1990, el gobierno de Patricio Aylwin creó la Comisión Especial de Pueblos Indígenas (CEPI) para proponer un anteproyecto de ley y, tres años después, se creó la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi), que promueve el desarrollo de las comunidades indígenas en el ámbito económico, social y cultural. De a poco, Elba empezó a involucrarse en estos temas. Asistía a la Conadi para postular a proyectos y en una ocasión, a mediados de los 90, le comentaron que se abriría un curso para todos los hablantes de mapudungun. Elba se paralizó.

-Yo escucho a un mapuche hablar y entiendo todo lo que dice, pero yo no puedo... -dijo entonces.

Elba detiene su relato y abre la boca.

-Era como si hubiera tenido amarrada la lengua.

Eso era: Elba no sabía hablar mapudungun, lo entendía a la perfección, sabía escribirlo, pero de su boca no salía ni una palabra.

En el curso se enseñarían técnicas pedagógicas para después poder enseñar mapudungun en los colegios. A pesar de su temor inicial, Elba empezó a entusiasmarse y decidió arriesgarse. Asistió a la universidad durante ocho meses junto a otros doscientos hablantes. Luego de una evaluación escrita, quedaron ochenta, y más adelante veinte. Ella recuerda que sus compañeras la felicitaban asombradas: "¿Por qué nunca te escuchamos hablar?". "Y qué tengo que andar hablando. Yo sé lo que sé", respondía Elba, escondiendo su verdad.

-Nunca dije que no podía hablar -admite hoy.

Fue justo en ese tiempo cuando una vecina mapuche empezó a visitarla seguido. La saludaba y le conversaba en mapudungun, y Elba le respondía en castellano. Pero su vecina le insistía en que le respondiera en mapuche marri marri, kümelen (estoy bien). De a poco fueron saliendo palabras.

Pero Elba asegura que fue a partir de un hecho puntual que ella obtuvo "su habla": la visita al cerro Chiripilco, en Curicó, donde habría muerto Lautaro. Lo recuerda perfectamente: el bus, sus hijos, las bebidas, el pollo asado, el pan amasado, los abrigos, las bolsas. Mientras comenzaba el ascenso a pie, Elba le pidió a Leftraru (Lautaro): "Tú eres mi hermano, dame el honor de poder hablar con mi gente, ¿por qué tengo así la lengua? Yo sé hablar, yo sé mi idioma, yo creo en ti. Hoy hago este sacrificio, ayúdame a llevar esta carga".

Elba asegura que en ese instante sintió que las pesadas bolsas se hicieron livianas como plumas. Desde entonces, las palabras fluyeron más y Elba recuperó la confianza. Actualmente no sólo hace clases, sino también traducciones y charlas en mapudungun.

Su primer día de clases fue impecable: bien arreglada, preparada, respetuosa, puntual. Ingresó a un liceo en Lo Prado, empezó por el saludo, los números, los colores, el cuerpo humano. Primero fue por tres meses, los que se le pasaron volando. No se notó que apenas sabía hablar.

Hoy, Elba enseña mapudungun en dos escuelas, en cursos de prebásica y básica, una hora a la semana por cada curso -una especie de taller-. Enseña todo de manera oral, a través de cuentos, canciones, juegos, poesías, dibujos, instrumentos, bailes. Es muy didáctica en su enseñar, su narración es cautivadora y pausada, de manera que a los niños no se les vuelve a olvidar una palabra. También les enseña a crear sus propios instrumentos. "Se conocen mirándolos y tocándolos, para que sepan cómo es", dice.

-Mi misión es rescatar nuestro lenguaje, porque si nosotros los mapuches no lo hacemos, no luchamos para que permanezca viva la lengua, éste va a ser un pueblo mapuche muerto, porque un pueblo muere cuando se le muere el idioma -dice Elba. Tenemos que aprovechar esta instancia en los colegios para que los niños aprendan aunque sea lo mínimo. Yo soy feliz cuando ellos me responden marri marri palú.

Ha sido bien evaluada y ahora se prepara para sacar el título de profesora básica. Además, Elba asiste a una capacitación del Programa Educacional Intercultural Bilingüe del Ministerio de Educación, pues a partir del año 2014 las lenguas indígenas (aimara, quechua, rapanuí y mapuche) serán asignatura obligatoria en todos los colegios del país que tengan un 20 por ciento de matrícula con alumnos indígenas (desde el año 2010 esto se aplica a los colegios que tienen un 50 pro ciento de matrícula con alumnos indígenas).

Olga Márquez, profesora jefe del segundo básico del Colegio Mustafá Kemal Ataturk, fue quien trajo a Elba al establecimiento y la ha ayudado en todo lo que respecta al tema de la pedagogía. Explica que la introducción del mapudungun empezó como una necesidad:

-Teníamos muchos niños mapuches y nos cuestionamos por qué algunos no aprendían a leer y a escribir tan rápido como el resto. Nos percatamos que era por el tema de la lengua, porque ellos venían desarraigados de su comunidad mapuche y llegaban acá. También nos pasó con niños que venían de otros países latinoamericanos.

Olga, que no tiene ascendencia indígena pero sí está interesada en el tema, estima que aproximadamente el 40 por ciento de los alumnos es de origen mapuche. Entonces, el colegio impulsó un proyecto, que al principio costó bastante debido a la desconfianza que existía.

-Primero era comprender que somos diferentes, pero que, a pesar de ello, estábamos todos aquí en el mismo lugar -cuenta Olga-. Después fue aprender a conocerse, respetar esas diferencias y convivir con ellas.

Se aplicó el programa de interculturalidad y desde entonces, cuenta, no existe discriminación entre los niños. En el 2000, Olga conoció a Elba y le pidió que la ayudara en el colegio. Asegura que a los niños les encanta y siempre están atentos a su clase. A final de año realizan actos y en junio celebran el año nuevo mapuche con comidas típicas y danzas.

-Lo más increíble es que los apoderados están muy contentos, porque sienten que también han recuperado muchas cosas que tenían olvidadas. A través de los niños han recobrado el lenguaje, la cultura, la cosmovisión -cuenta Olga, quien se ha dedicado a todo lo que es coordinación de educación intercultural, pero este año se retirará del colegio, luego de más de 30 años.

Desde que Elba llegó al establecimiento, Olga ha sido su mentora. Elba no manejaba la parte pedagógica, la planificación, y Olga la ayudó con todo eso: "Trabaja por unidades", "no sigas hablando si sientes que hay ruido, espera a que se calmen", "esto se evalúa así", "esto es mejor planificarlo así...".

-La gente no sabe nada, ni cómo es el saludo. Entonces lo mínimo que les enseñes les va a ser atractivo y novedoso -asegura Elba.

Ambas están felices con los resultados del proyecto.

-Estamos muy conformes porque, además, en 2014 el mapudungun será una clase obligatoria en el plan de programas de estudio. A eso aspirábamos.

Además, promocionan orgullosas un documental que grabó la directora Pamela Pequeño, "Dungun, la lengua", que muestra la experiencia de Elba enseñando mapudungun, con la compañía y ayuda de Olga. El documental se estrenó en el Festival de Cine de Valdivia de este año y se mostrará el 7 de diciembre en la Municipalidad de Lo Prado.

Luego de que los niños del segundo básico dejan de tocar su cultrún acompañado del saludo en mapudungun, Elba se acerca al final de la clase repasando las partes del cuerpo. Se toca la cabeza y todos vociferan: "¡Lonco!" Y así con cada parte del cuerpo que se toca. Finalmente, Elba saca un pequeño instrumento de su bolsillo, el trompe (arpa de boca), se lo acerca a la boca y se escucha una vibración armónica.

En la sala no se escucha nada más.

Fuente: El Mercurio

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