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2018-11-30 | Comunidades | Mapuche

Sociedad o violencia

¿Qué paz queremos para el Wallmapu?

“Chile –mala copia feliz del Edén– no ha aprendido nada, ni de afuera ni de lo que ha ocurrido en su interior. Chilenos y Mapuche construimos una simbiosis de violencia que se acentúa en algunos grupos y se disimula en otros”.


Foto: Héctor Andrade/Agenciauno 17 de Noviembre de 2018/ERCILLA En el fundo La Romana, se lleva a cabo el funeral del comunero mapuche Camilo Catrillanca, muerto durante un operativo del Comando Jungla
La violencia anterior
Hay un texto de W. Benjamin, Para una Crítica de la Violencia, que habla de diversas violencias. Una de ellas es la “estructural”, que sobrepasa al Estado, se instala en los sujetos y los dispone a la posibilidad de sacrificar sus cuerpos para destruir los cuerpos de los otros. Sin duda, Benjamin se adelanta a explicar la Segunda Guerra Mundial y el surgimiento de los totalitarismos, de la toma del poder por parte de grupos que manipulan ideológicamente la violencia. Esto es clave para entender la violencia desmedida en Europa, a lo largo del siglo XX: la violencia no vino con los nazistas ni con los fascistas, ya estaba instalada en los odios raciales, los nacionalismos. La negación del otro por pensar distinto habitaba en el granjero y el obrero industrial, en el mundo popular, en las clases medias y en las clases altas, y ninguna pudo predecir adónde los llevaría.

Para erradicar el odio, luego de la Segunda Guerra, se construyó la memoria del horror y se condenaron las ideologías totalitarias. En los espacios públicos se crearon memoriales, textos de testimonio, películas y visitas educativas a los campos de concentración. Pero no fue suficiente, la violencia seguía merodeando en los lugares íntimos, porque vencedores y vencidos, sus hijos después y hoy sus nietos, rememoraban con parientes y amigos, en cada encuentro familiar, en cada copa de un bar, esas historias y esos sentimientos que daban continuidad a la violencia. Hoy no es de extrañar que en Europa la violencia estructural reinstale a la extrema derecha como un actor político central.

Chile –mala copia feliz del Edén– no ha aprendido nada, ni de afuera ni de lo que ha ocurrido en su interior. Chilenos y Mapuche construimos una simbiosis de violencia que se acentúa en algunos grupos y se disimula en otros. No es extraño, en este país que se extendió territorialmente en base a las guerras como la Ocupación Cívico Militar de la Araucanía, la Guerra del Pacífico y la guerra de los colonos contra los pueblos australes. La violencia ha construido un orden social por medio de matanzas e impunidades; una paz basada en el miedo es la triste base de la soberanía chilena.

Esa violencia estructural se direcciona hacia grupos y sujetos sociales específicos. En el caso de Chile, los ciudadanos de segunda clase son los pobres, los indígenas y los migrantes, y sus dificultades se incrementan si son mujeres, ancianos, niños o minorías sexuales. A ellos se les puede golpear o matar sin que eso rasguñe la integridad del país ni el sentido común de algunos –civiles y uniformados–, inmunes al remordimiento de sus actos. Para el caso mapuche la impunidad ha funcionado para mantener la legitimidad estatal, el abuso policial se ha convertido en costumbre, naturalizando la violencia, instalándose en el imaginario de los estigmas: el indio flojo, borracho, ignorante y violento. Estas explicaciones pueden ser agresivas (estableciendo culpas) o comprensivas (justificando situaciones), se repiten y transmiten por generaciones, al interior de las familias y entre amigos, instalada en la vida cotidiana, en las bromas, anécdotas o chistes, como la “patrona” que le cuenta a las amigas que la Juanita, la niña mapuche que llegó del campo y como no sabía lo que era una carbonada, cuando le dieron la orden de cocinarla, salió al patio a buscar carbón. Le pudo pasar a más de una mujer mapuche, y así se reinstala el racismo, el clasismo, la misoginia.

Paz y desolación
Hay más cosas específicas del caso mapuche. Una de ellas es la cultura sociopolítica instalada al sur del Biobío, como resulta ser el colonialismo –palabra cada vez más popularizada–, es decir que existe un colono y un colonizado. El primero es una figura que representa el extremo positivo de la sociedad, que para el caso de una región conservadora (como la Araucanía) significa ser cristiano, conservador, misógino y convencido de su superioridad moral (lo que calza muy bien con la derecha y explica su alta votación en la región). Y el colonizado es el otro extremo de la escala de valores, el indio atrasado, bárbaro, ignorante e inferior, que para redimirse debe parecerse al colono, y que aunque lo consiga, sigue siendo un no deseado. Estas representaciones permiten asignar todas las etiquetas negativas al colonizado, ya sea terrorista, delincuente o traficante de piezas de autos robados en Ercilla.

El Lof de Temucuicui, de donde venía Camilo Catrillanca, ha sufrido desde varios años la criminalización de sus integrantes, que han sido sometidos a juicios públicos a través de la prensa, que los condenaba de antemano, y juicios en tribunales, sin garantías de debido proceso. Y aunque la solidaridad ha sido grande, ni el movimiento mapuche ni la sociedad civil podrían revertir la situación. La globalización ha fragmentado a la izquierda y a los indígenas, con subjetividades e identidades, que se aíslan unas de otras, que huyen y se violentan entre sí. A diferencia de las derechas –que crecen, convergen y se unifican en el conservadurismo y el nacionalismo– la sociedad civil ha respondido en redes sociales y en diversas manifestaciones condenando la violencia; así mismo, nos falta responsabilidad para desarmar la violencia en nuestras relaciones de pareja, familiares, de amistad, y de militancia. Debemos eliminar a la violencia estructural desde adentro y desde afuera, con un movimiento mapuche que nos convoque y sea capaz de pensar estratégicamente el futuro en conjunto. Porque si bien el Estado es quien administra la violencia en el ámbito público, somos nosotros quienes la sostenemos a un nivel interno y la hacemos pervivir.

El presente se ve oscuro, las señales políticas y judiciales, en la Araucanía se podrían resumir en un escena de El Gran Debate, película de Denzel Washington, en la alocución de Henry Lowe sobre la necesidad de proteger a la población de la gran recesión de los 30’ en EEUU: “Una vez un general romano trajo paz a una a una provincia insurrecta. Por matar a sus ciudadanos, hasta sus compatriotas romanos estaban sorprendidos. Uno de ellos escribió: Solitudinem factium, pacem appelant. Lo que significa: Ellos crean desolación y lo llaman paz”. Él se refería a que un Estado no puede matar a sus ciudadanos con tal de dar vida a la economía. La autonomía de Carabineros, y su resistencia a crear protocolos (con el respaldo del ejecutivo), un presidente que solo se reúne con el poder para relanzar un plan de inversión cuestionado y el nombramiento de un intendente convencido de que la mejor paz es por la fuerza militar, nos dice que hay una apuesta por la desolación. ¿Podremos generar una sociedad civil organizada y fortalecer sus instituciones, así como nosotros erradicar la violencia de nuestros espacios? ¿De qué manera podemos detener el fascismo social y de erradicar la miseria humana del poder?

*Por Sergio Caniuqueo Huircapan – Historiador Mapuche, Investigador adjunto CIIR-PUC.

Fuente: The Clinic

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