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2013-03-07 | Antecedentes | Indoamericano

Por Gabriel García Márquez

El sol de tu bravura

En 1999, poco antes de que Hugo Ch√°vez Fr√≠as asumiera como presidente de Venezuela, Gabriel Garc√≠a M√°rquez lo entrevist√≥ en un avi√≥n durante un viaje de La Habana a Caracas. A medida que charlaban, el N√≥bel colombiano fue descubriendo una personalidad que no se correspond√≠a con la imagen de d√©spota que ten√≠a formada a trav√©s de los medios. Exist√≠an dos Ch√°vez. ¬ŅCu√°l era el real? Un perfil del presidente que se hizo militar para jugar al beisbol, que recitaba de memoria poemas de Neruda o Walt Whitman y muri√≥ de c√°ncer a los 58 a√Īos.




Ilustracion: Iconoclasistas
Carlos Andr√©s P√©rez descendi√≥ al atardecer del avi√≥n que lo llev√≥ de Davos, Suiza, y se sorprendi√≥ de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. "¬ŅQu√© pasa?", le pregunt√≥ intrigado. El ministro lo tranquiliz√≥, con razones tan confiables, que el Presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despert√≥ por tel√©fono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Hab√≠a entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artiller√≠a.
Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Ch√°vez Fr√≠as, con su culto sacramental de las fechas hist√≥ricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Hist√≥rico de La Planicie. El Presidente comprendi√≥ entonces que su √ļnico recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisi√≥n para hablarle al pa√≠s. Doce horas despu√©s el golpe militar estaba fracasado. Ch√°vez se rindi√≥, con la condici√≥n de que tambi√©n a √©l le permitieran dirigirse al pueblo por la televisi√≥n. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumi√≥ la responsabilidad del movimiento. Pero su alocuci√≥n fue un triunfo pol√≠tico. Cumpli√≥ dos a√Īos de c√°rcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han cre√≠do que el discurso de la derrota fue el primero de la campa√Īa electoral que lo llev√≥ a la presidencia de la Rep√ļblica menos de nueve a√Īos despu√©s.
El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.
Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspond√≠a para nada con la imagen de d√©spota que ten√≠amos formada a trav√©s de los medios. Era otro Ch√°vez. ¬ŅCu√°l de los dos era el real?
El argumento duro en su contra durante la campa√Īa hab√≠a sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a m√°s de cuatro. Empezando por R√≥mulo Betancourt, recordado con raz√≥n o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derrib√≥ a Isa√≠as Medina Angarita, un antiguo militar dem√≥crata que trataba de purgar a su pa√≠s de los treintis√©is a√Īos de Juan Vicente G√≥mez. A su sucesor, el novelista R√≥mulo Gallegos, lo derrib√≥ el general Marcos P√©rez Jim√©nez, que se quedar√≠a casi once a√Īos con todo el poder. √Čste, a su vez, fue derribado por toda una generaci√≥n de j√≥venes dem√≥cratas que inaugur√≥ el per√≠odo m√°s largo de presidentes elegidos.
El golpe de febrero parece ser lo √ļnico que le ha salido mal al coronel Hugo Ch√°vez Fr√≠as. Sin embargo, √©l lo ha visto por el lado positivo como un rev√©s providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuici√≥n, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo m√°gico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Ch√°vez, cat√≥lico convencido, atribuye sus hados ben√©ficos al escapulario de m√°s de cien a√Īos que lleva desde ni√Īo, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro P√©rez Delgado, que es uno de sus h√©roes tutelares.
Sus padres sobreviv√≠an a duras penas con sueldos de maestros primarios, y √©l tuvo que ayudarlos desde los nueve a√Īos vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parec√≠a una ciudad porque ten√≠a una plantita el√©ctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibi√≥ a √©l y a sus cuatro hermanos. Su madre quer√≠a que fuera cura, pero s√≥lo lleg√≥ a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconoc√≠a por su repique. "Ese que toca es Hugo", dec√≠an. Entre los libros de su madre encontr√≥ una enciclopedia providencial, cuyo primer cap√≠tulo lo sedujo de inmediato: C√≥mo triunfar en la vida.
Era en realidad un recetario de opciones, y √©l las intent√≥ casi todas. Como pintor asombrado ante las l√°minas de Miguel Angel y David, se gan√≥ el primer premio a los doce a√Īos en una exposici√≥n regional. Como m√ļsico se hizo indispensable en cumplea√Īos y serenatas con su maestr√≠a del cuatro y su buena voz. Como beisbolista lleg√≥ a ser un catcher de primera. La opci√≥n militar no estaba en la lista, ni a √©l se le habr√≠a ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debi√≥ ser otro milagro del escapulario, porque aquel d√≠a empezaba el plan Andr√©s Bello, que permit√≠a a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el m√°s alto nivel acad√©mico.
Estudiaba ciencias pol√≠ticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasion√≥ por el estudio de la vida y la obra de Bol√≠var, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendi√≥ de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la pol√≠tica real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Ch√°vez no entend√≠a. ¬ŅY por qu√© si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco despu√©s, el capit√°n de su compa√Ī√≠a le asign√≥ la tarea de vigilar a un hijo de Jos√© Vicente Rangel, a quien se cre√≠a comunista. "F√≠jate las vueltas que da la vida", me dice Ch√°vez con una explosi√≥n de risa. "Ahora su pap√° es mi canciller". M√°s ir√≥nico a√ļn es que cuando se gradu√≥ recibi√≥ el sable de manos del presidente que veinte a√Īos despu√©s tratar√≠a de tumbar: Carlos Andr√©s P√©rez.
"Además", le dije, "usted estuvo a punto de matarlo". "De ninguna manera", protestó Chávez. "La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles". Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.
Desde muy joven, por casualidad, descubri√≥ que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como dec√≠a su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente G√≥mez. Fue tal el entusiasmo de Ch√°vez, que decidi√≥ escribir un libro para purificar su memoria. Escudri√Ī√≥ archivos hist√≥ricos y bibliotecas militares, y recorri√≥ la regi√≥n de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorpor√≥ al altar de sus h√©roes y empez√≥ a llevar el escapulario protector que hab√≠a sido suyo.
Uno de aquellos d√≠as atraves√≥ la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capit√°n colombiano que le registr√≥ el morral encontr√≥ motivos materiales para acusarlo de esp√≠a: llevaba una c√°mara fotogr√°fica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la regi√≥n, un mapa militar con gr√°ficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un esp√≠a, pod√≠an ser falsos. La discusi√≥n se prolong√≥ por varias horas en una oficina donde el √ļnico cuadro era un retrato de Bol√≠var a caballo. "Yo estaba ya casi rendido, -me dijo Ch√°vez-, pues mientras m√°s le explicaba menos me entend√≠a". Hasta que se le ocurri√≥ la frase salvadora: "Mire mi capit√°n lo que es la vida: hace apenas un siglo √©ramos un mismo ej√©rcito, y √©se que nos est√° mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¬ŅC√≥mo puedo ser un esp√≠a?". El capit√°n, conmovido, empez√≥ a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos pa√≠ses en una cantina de Arauca. A la ma√Īana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capit√°n le devolvi√≥ a Ch√°vez sus enseres de historiador y lo despidi√≥ con un abrazo en la mitad del puente internacional.
"De esa √©poca me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela", dice Ch√°vez. Lo hab√≠an designado en Oriente como comandante de un pelot√≥n de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los √ļltimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidi√≥ refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Ch√°vez empezaba a dormirse, oy√≥ en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. "Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de b√©isbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas", cont√≥ Ch√°vez. Indignado, le exigi√≥ al coronel que le entregara los presos o se fuera de all√≠, pues no pod√≠a aceptar que torturara a nadie en su comando. "Al d√≠a siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, -cont√≥ Ch√°vez- pero s√≥lo me mantuvieron por un tiempo en observaci√≥n".
Pocos d√≠as despu√©s tuvo otra experiencia que rebas√≥ las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helic√≥ptero militar aterriz√≥ en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Ch√°vez carg√≥ en brazos a un soldado que ten√≠a varios balazos en el cuerpo. "No me deje morir, mi teniente"... le dijo aterrorizado. Apenas alcanz√≥ a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Ch√°vez se preguntaba: "¬ŅPara qu√© estoy yo aqu√≠? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra hab√≠a terminado, ya no ten√≠a sentido disparar un tiro contra nadie". Y concluy√≥ en el avi√≥n que nos llevaba a Caracas: "Ah√≠ ca√≠ en mi primer conflicto existencial".
Al d√≠a siguiente despert√≥ convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitr√©s a√Īos, con un nombre evidente: Ej√©rcito bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y √©l, con su grado de subteniente. "¬ŅCon qu√© finalidad?" le pregunt√©. Muy sencillo, dijo √©l: "con la finalidad de prepararnos por si pasa algo". Un a√Īo despu√©s, ya como oficial paracaidista en un batall√≥n blindado de Maracay, empez√≥ a conspirar en grande. Pero me aclar√≥ que usaba la palabra conspiraci√≥n s√≥lo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea com√ļn.
Esa era la situaci√≥n el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurri√≥ un episodio inesperado que Ch√°vez considera decisivo en su vida. Era ya capit√°n en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, √Āngel Manrique, lo comision√≥ para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.
A la una de la tarde, reunido ya el batall√≥n en el patio de f√ļtbol, el maestro de ceremonias lo anunci√≥. "¬ŅY el discurso?", le pregunt√≥ el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. "Yo no tengo discurso escrito", le dijo Ch√°vez. Y empez√≥ a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bol√≠var y Mart√≠, pero con una cosecha personal sobre la situaci√≥n de presi√≥n e injusticia de Am√©rica Latina transcurridos doscientos a√Īos de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jes√ļs Urdaneta Hern√°ndez, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnici√≥n, muy disgustado, lo recibi√≥ con un reproche para ser o√≠do por todos:
"Chávez, usted parece un político". "Entendido", le replicó Chávez.
Felipe Acosta, que med√≠a dos metros y no hab√≠an logrado someterlo diez contendores, se par√≥ de frente al comandante, y le dijo: "Usted est√° equivocado, mi comandante. Ch√°vez no es ning√ļn pol√≠tico. Es un capit√°n de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que √©l dijo en su discurso se mean en los pantalones".
Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: "Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer". Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: "¡Que eso no salga de aquí!".
Al final del acto, Ch√°vez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jes√ļs Urdaneta hacia el Sam√°n del Guere, a diez kil√≥metros de distancia, y all√≠ repitieron el juramento solemne de Sim√≥n Bol√≠var en el monte Aventino. "Al final, claro, le hice un cambio", me dijo Ch√°vez. En lugar de "cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder espa√Īol", dijeron: "Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos".
Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto ten√≠an que hacer ese juramento. La √ļltima vez fue durante la campa√Īa electoral ante cien mil personas. Durante a√Īos hicieron congresos clandestinos cada vez m√°s numerosos, con representantes militares de todo el pa√≠s. "Durante dos d√≠as hac√≠amos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situaci√≥n del pa√≠s, haciendo an√°lisis, contactos con grupos civiles, amigos. "En diez a√Īos -me dijo Ch√°vez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos".
A estas alturas del di√°logo, el Presidente ri√≥ con malicia, y revel√≥ con una sonrisa de malicia: "Bueno, siempre hemos dicho que los primeros √©ramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad hab√≠a un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y qued√≥ activo en el Ej√©rcito y alcanz√≥ el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre est√° aqu√≠ con nosotros en este avi√≥n". Se√Īal√≥ con el √≠ndice al cuarto hombre en un sill√≥n apartado, y dijo: "¬°El coronel Badull!".
De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: "Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega". A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. "Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército", decía Chávez. "Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué". Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. "Es decir -concluyó Chávez- que nos sorprendió el minuto estratégico".
Se refer√≠a, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los m√°s sorprendidos fue √©l mismo. Carlos Andr√©s P√©rez acababa de asumir la presidencia con una votaci√≥n caudalosa y era inconcebible que en veinte d√≠as sucediera algo tan grave. "Yo iba a la universidad a un postgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa", me cont√≥ Ch√°vez minutos antes de aterrizar en Caracas. "Entonces veo que est√°n sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¬ŅPara d√≥nde van todos esos soldados? Porque que sacaban los de Log√≠stica que no est√°n entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. As√≠ que le pregunto al coronel: ¬ŅPara d√≥nde va ese pocot√≥n de gente? Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aqu√≠ vamos. Dios m√≠o, ¬Ņpero qu√© orden les dieron? Bueno Ch√°vez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y √©l me dice: Bueno, Ch√°vez, es una orden y ya no hay nada qu√© hacer. Que sea lo que Dios quiera".
Ch√°vez dice que tambi√©n √©l iba con mucha fiebre por un ataque de rub√©ola, y cuando encendi√≥ su carro vio un soldadito que ven√≠a corriendo con el casco ca√≠do, el fusil guindando y la munici√≥n desparramada. "Y entonces me paro y lo llamo", dijo Ch√°vez. "Y √©l se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 a√Īos. Y yo le pregunto: Aj√°, ¬Ņy para d√≥nde vas t√ļ corriendo as√≠? No, dijo √©l, es que me dej√≥ el pelot√≥n, y all√≠ va mi teniente en el cami√≥n. Ll√©veme, mi mayor, ll√©veme. Y yo alcanzo el cami√≥n y le pregunto al que los lleva: ¬ŅPara d√≥nde van? Y √©l me dice: Yo no s√© nada. Qui√©n va a saber, imag√≠nese". Ch√°vez toma aire y casi grita ahog√°ndose en la angustia de aquella noche terrible: "T√ļ sabes, a los soldados t√ļ los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barr√≠an las calles a bala, barr√≠an los cerros, los barrios populares. ¬°Fue un desastre! As√≠ fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta". "Y el instinto me dice que lo mandaron a matar", dice Ch√°vez. "Fue el minuto que esper√°bamos para actuar". Dicho y hecho: desde aquel momento empez√≥ a fraguarse el golpe que fracas√≥ tres a√Īos despu√©s.
El avi√≥n aterriz√≥ en Caracas a las tres de la ma√Īana. Vi por la ventanilla la ci√©naga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viv√≠ tres a√Īos cruciales de Venezuela que lo fueron tambi√©n para mi vida. El presidente se despidi√≥ con su abrazo caribe y una invitaci√≥n impl√≠cita: "Nos vemos aqu√≠ el 2 de febrero". Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeci√≥ la inspiraci√≥n de que hab√≠a viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrec√≠a la oportunidad de salvar a su pa√≠s. Y el otro, un ilusionista, que pod√≠a pasar a la historia como un d√©spota m√°s.
Este art√≠culo fue publicado originalmente en la revista Cambio de Colombia en febrero de 1999 con el t√≠tulo: ¬ďEl enigma de los dos Ch√°vez¬Ē.

Por: Iconoclasistas . / Gabriel García Márquez
www.revistaanfibia.com

Fuente: Centro de Documentación Mapuche, Ñuke Mapu

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