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2011-06-03 | Antecedentes | -

Las revoluciones de la gente com√ɬļn

En los m√ɬ°s diversos rincones del planeta la gente com√ɬļn est√ɬ° saliendo a las calles, ocupando plazas, encontr√ɬ°ndose con otras gentes comunes a las que no conoc√ɬ≠an pero que inmediatamente reconocen.




No esperaron a ser convocados, acudieron por la necesidad de descubrirse. No calculan las consecuencias de sus actos, act√ɬļan con base en lo que sienten, desean y sue√ɬĪan. Estamos ante verdaderas revoluciones, cambios profundos que no dejan nada en su lugar, aunque los de arriba crean que todo seguir√ɬ° igual cuando las plazas y las calles recuperen, por un tiempo, ese silencio de plomo al que denominan normalidad.

No encuentro mejor forma de explicar lo que está sucediendo que traer un memorable texto de Giovanni Arrighi, Terence Hopkins e Immanuel Wallerstein, 1968: el gran ensayo, capítulo del libro Movimientos antisistémicos (Akal, Madrid, 1999). Ese texto denso, inspirado en la mirada larga y profunda de Braudel, se abre con una afirmación insólita: Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo.

A rengl√ɬ≥n seguido los tres maestros del sistema-mundo exponen que el hecho de que ambas revoluciones no estuvieron planeadas y que fueran espont√ɬ°neas en el sentido profundo del t√ɬ©rmino explica tanto el fracaso como su capacidad de cambiar el mundo. Dicen m√ɬ°s: que 1848 y 1968 son fechas m√ɬ°s importantes que 1789 y 1917, en referencia a las revoluciones francesa y rusa. √ɬČstas fueron superadas por aqu√ɬ©llas.
El concepto heredado y hegem√ɬ≥nico a√ɬļn de revoluci√ɬ≥n debe ser revisado, y lo est√ɬ° siendo en los hechos. Frente a una idea de revoluci√ɬ≥n centrada exclusivamente en la conquista del poder estatal, aparece otra m√ɬ°s compleja pero sobre todo m√ɬ°s integral, que no excluye la estrategia estatal pero que la supera y desborda. En todo caso, la cuesti√ɬ≥n de conquistar el tim√ɬ≥n estatal es un recodo en un camino mucho m√ɬ°s largo que busca algo que no puede hacerse desde las instituciones estatales: crear un mundo nuevo.

Para crear un mundo nuevo, lo que menos sirve es la pol√ɬ≠tica tradicional, anclada en la figura de la representaci√ɬ≥n que consiste en suplantar sujetos colectivos por profesionales de la administraci√ɬ≥n, y del enga√ɬĪo. Por el contrario, el mundo nuevo y diferente al actual supone ensayar y experimentar relaciones sociales horizontales, en espacios autocontrolados y aut√ɬ≥nomos, soberanos, donde nadie impone y manda el colectivo.

La frase clave de la cita es espont√ɬ°neas en el sentido profundo. √ā¬ŅC√ɬ≥mo interpretar esa afirmaci√ɬ≥n? En este punto hay que aceptar que no hay una racionalidad, instrumental y estadoc√ɬ©ntrica, sino que cada sujeto tiene su racionalidad, y que todos y todas podemos ser sujetos cuando decimos Ya basta. Se trata, entonces, de comprender las racionalidades otras, cuesti√ɬ≥n que s√ɬ≥lo puede hacerse desde adentro y en movimiento, a partir de la l√ɬ≥gica inmanente que develan los actos colectivos de los sujetos del abajo. Eso indica que no se trata de interpretar sino de participar.
Por encima de las diversas coyunturas en que surgieron, los movimientos de la plaza Tahrir en El Cairo y de la Puerta del Sol en Madrid forman parte de la misma genealog√ɬ≠a del que se vayan todos de la revuelta argentina de 2001, de la guerra del agua de Cochabamba en 2000, de las dos guerras del gas bolivianas en 2003 y 2005 y de la comuna de Oaxaca de 2006, por mencionar s√ɬ≥lo los casos urbanos. Lo com√ɬļn son b√ɬ°sicamente dos hechos: poner un freno a los de arriba y hacerlo abriendo espacios de democracia directa y participaci√ɬ≥n colectiva sin representantes.

Esa estrategia con dos fases, rechazo y creación, desborda la cultura política tradicional y hegemónica en las izquierdas y el movimiento sindical, que sólo contemplan parcialmente la primera: las manifestaciones autocontroladas, con objetivos precisos y acotados. Esa cultura política ha mostrado sus límites, incluso como rechazo a lo existente porque al no desbordar los cauces institucionales es incapaz de frenar a los de arriba y se limita, solamente, a preparar el terreno para el relevo de los equipos gobernantes sin cambio de política. Esa cultura política ha sido hábil para desplazar a las derechas y ha fracasado a la hora de cambiar el mundo.

Las revoluciones en marcha son estuarios donde desembocan y confluyen r√ɬ≠os y arroyos de rebeld√ɬ≠as que recorrieron largos caminos, algunos de los cuales beben en las aguas de 1968 pero las superan en profundidad y densidad. Rebeld√ɬ≠as que vienen de muy lejos, monta√ɬĪa arriba, para confluir de modo imperceptible y capilar con otros cauces, a veces min√ɬļsculos, para un buen d√ɬ≠a mezclar sus aguas en un torrente donde ya nadie se pregunta de d√ɬ≥nde viene, qu√ɬ© colores y se√ɬĪas de identidad arrastra.

Estas revoluciones son el momento visible, importante pero no fundante, de un largo camino subterr√ɬ°neo. Por eso la imagen del topo es tan adecuada: un buen d√ɬ≠a pega un salto y se muestra, pero antes ha hecho un largo recorrido bajo tierra. Sin ese recorrido no podr√ɬ≠a nunca ver la luz del d√ɬ≠a. Ese largo andar son las cientos de peque√ɬĪas iniciativas que nacieron como espacios de resistencia, peque√ɬĪos laboratorios (como los que existieron desde finales de los a√ɬĪos 90 en Lavapi√ɬ©s, Madrid) donde se vive como se quiere vivir y no como ellos quieren que vivamos.

Quiero decir que los grandes hechos son precedidos y preparados, y ensayados como se√ɬĪala James Scott, por pr√ɬ°cticas colectivas que suceden lejos de la atenci√ɬ≥n de los medios y de los pol√ɬ≠ticos profesionales. All√ɬ≠ donde los practicantes se sienten seguros y protegidos por sus pares. Ahora que esas miles de microexperiencias han confluido en estas correntadas de vida, es momento de celebrar y sonre√ɬ≠r, a pesar de las inevitables represiones. Sobre todo, no olvidar, cuando vuelvan los a√ɬĪos de plomo, que son esas trabajosas y solitarias experiencias, aisladas y a menudo fracasadas, las que pavimentan los jornadas luminosas. Unas con otras cambian el mundo.

Fuente: Clarín

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